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‘Dijo Elokim: Haya luz y hubo luz.’ Génesis 1:3

Que la gran luz del entendimiento ilumine nuestros cerebros y purifique nuestros corazones , a fin de que en un ambiente de intelectualidad y de perfecta fraternidad , nos entreguemos a buscar los senderos de nuestra propia superación. Eusebio Baños Gómez

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LA LUZ PRESTADA - El Espía de DIOS

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viernes, 27 de diciembre de 2013

LA CÁBALA y EINSTEIN.

¿Influyó la cábala en la vida y en el pensamiento de Albert Einstein?
Pregunta difícil de contestar.
Trataremos en este escrito de consignar algunas pistas que nos puedan guiar a establecer dicha relación cábala-Einstein.

Todas las religiones han conservado el recuerdo de un libro primitivo escrito en figuras por los sabios de los primeros siglos del mundo, y cuyos símbolos, simplificados y vulgarizados más tarde, han suministrado a la
Escritura sus letras, al Verbo sus caracteres, a la Filosofía oculta sus signos misteriosos y sus partículas.

El libro de la Kábala atribuido a Enoc, el séptimo maestro del mundo, después de Adán, por los hebreos; a Hermes Trismegisto, por los egipcios; a Cadmo, el misterioso fundador de la Villa Santa, por los griegos; era el resumen simbólico de la tradición primitiva, llamada después Kábbala, Kabbalah o Cábala, de una palabra hebrea, que es la equivalente a tradición.

Es de vital importancia dentro de este breve análisis, tratar de definir qué es la Cábala. En primer término, es la interpretación mística del Antiguo Testamento. Su espíritu universal. Es la expresión de la verdad del
Kosmos.

Cadmo, hijo de Agénor, fundador y rey de Tebas, es poso de Harmonía; dio muerte al dragón de Tebas y fue inmortal (Eliphas Levi). Eliphas Levi (Dogma y Ritual de Alta Magia):

La Cábala es la tradición oral de las sagradas escrituras. Sus enseñanzas se transmitían de labio a oído. Es de origen caldeo. Es el más amplio sentido para poder comprender las fuerzas abstracta s universales. En
Cábala no se admite creación, todo es emanación de lo ya existente. TODO ES.

Pero como de lo que se pretende en este escrito es establecer una relación entre la Cábala y Albert Einstein (Ulm, 1879 – Princeton, 1955), nos corresponde hacerla muy brevemente.

En 1921 frente a un amigo, Einstein expresó la siguiente máxima: “Dios no juega a los dados con el Universo”, y formuló la siguiente pregunta:
“¿Vais a decirle a Dios lo que debe hacer?”.
Se especula que el personaje era el físico alemán W erner K. Heisenberg (Wurzburgo, Alemania, 5 de diciembre de 1901 – Múnich, 1 de febrero de 1976) autor de “El principio de incertidumbre”, el cual explica que simultáneamente no puede conocerse la velocidad y posición de un electrón en el átomo.
La relación específica de Einstein con la Cábala lo menciona su biógrafo Abraham Pais (Amsterdam, Holanda, 19 de Mayo de 1918 – Copenhague, Dinamarca, 28 de Julio de 2000), por primera vez, días antes de su fallecimiento, Einstein le había mostrado su despacho privado. Junto a los consabidos tratados de ciencia, se encontraba un ejemplar del “Libro de la Creación”, obra fundamental en los estudios cabalísticos.

A estos señalamientos debemos añadir las enseñanzas de Isaac Luria (Jerusalén 1534- Safed 1572), místico judío del siglo XIV está considerado como el pensador más profundo del misticismo judío de entre los más
grandes y célebres, y el fundador de la escuela cabalística de Safed. quien redefinió la Cábala con enseñanzas acerca de Dios y el objetivo espiritual de la vida humana.

Luria enseñaba una cosmología en tres etapas comenzando con la existencia de Dios como un pleno infinito de la energía, conocida como EINSOF. Los cabalistas reconocen cuatro planos de Manifestación y tres
planos de Inmanifestación o existencia negativa. Al primero de éstos se le da el nombre de “Ein” (Ain), negatividad; al segundo, “Ein soph”, lo ilimitado, y al tercero “Ein Soph Aur” la Luz Ilimitada. De estas últimas se concentra Kether.

Al formalizarse la creación del Universo, la Cábala nos recuerda que “Ein Soph” se concentró en una pequeña área para permitir el espacio del Ragozini.

También conocido como “Sepher Yetzirah o Emanacion es Divinas” o también “Sepher Ietzirah”.

La Kábala Mística (Dion Fortune) mundo material, dentro de este espacio, Dios emitió un rayo de luz
generativa.

Aprendimos que la misión de todos los seres humanos es la de elevar para reconocer “EL” o trascender al “Einsoph” o Luz Infinita en nosotros y en toda la redención de toda la humanidad.

Cuatro siglos después de Luria, Albert Einstein produjo la ecuación:
E=mc²
.
Puesto en palabras comunes, esta ecuación nos enseña que la energía (E) iguala a la masa (m) multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado (c²).
La correspondencia que Einstein estableció entre masa y energía es profunda. Esto nos indica que nuestro universo realmente está hecho de energía pura. Esta idea podemos representarla en la siguiente ecuación:
m=E/C².

Planteada la ecuación nos enseña que la energía dividida por la velocidad de a luz al cuadrado, la masa puede ser medida cuando la energía hizo más lento el CAMINO. Básicamente la masa es la energía atrapada en la calma relativa.
¿Tenía razón Luria cuando señaló que cada partícula de la cual somos hechos, sólo es una cáscara dentro de la cual existe una perla de energía de la divinidad pura?

Einstein confirmó la verdad de la Cábala

Bernardo Kliskberg (nació en Buenos Aires, economista, descendiente de familia judía-polaca) en 1993, publicó un ensayo sobre Einstein que confirma que éste estaba familiarizado con la Cábala.

Helen Dukas, (17 de octubre de 1896 – 10 de Febrero de 1982) secretaria de Einstein, fue coautora del libro: Einstein: Creador y Rebelde, y asumió la co-edición de una nueva versión de la vida de Einstein: Albert Einstein: El lado humano, en el cual introdujo pensamientos y comentarios que el propio Einstein efectuaba acerca de la Cábala.

En la carta que en 1955 dirigió a la viuda del matemático Michelle Besso (25 de Mayo de 1873, Riesbach – 15 de marzo de 1955, Genoa), Einstein escribió: “La separación entre pasado y futuro no es más que una
ilusión”.

Casualmente la invocación de la manifestación “Ain”, negatividad, una de las sephiras situadas en lo más alto del Árbol de la Vida, nos determinan o señalan que: “Todo el poder que fue o será está conmigo aquí y ahora”.

Gracias al Q:.H:. Sisalo W.

                        
 E.B.G. Jacob Uriel Escalera  M.:.M.:. 
 A.·. L.·. MMXIII   Shalom aleijem






viernes, 12 de julio de 2013

Las siete leyes de los hijos de Noé

Asesinato


 
El mandamiento que prohibe el asesinato fue explícitamente establecido por Dios ante Noaj: "Quien quiera que derramare sangre de hombre, por hombre será su sangre derramada, porque El hizo al hombre a Su imagen" (Génesis 9:6)

Blasfemia


 
Blasfemia es el acto de maldecir al Creador. Es un acto tan atroz que el Talmud, para referirse a la blasfemia, utiliza el término eufemístico "bendecir a Dios", para evitar directamente expresar la idea de maldecir a Dios, el Padre de todo.

Cortes de Justicia


Los hijos de Noaj tienen como mandamiento el establecer cortes de ley que velen por la justicia y mantengan tanto la rectitud como la moralidad humanas en conformidad con las Siete Leyes Universales,

Idolatría  


 
La esencia de las Siete Leyes Universales es la prohibición en contra de la idolatría. Aque que reverencia a una deidad, distinta al Creador, niega el fundamento de la religión, y rechaza la completitud de las Siete Leyes Universales

Miembro de un animal


 
Hay alguna discusión respecto a si la prohibición de comer el miembro de un animal vivo fue (o no) entregada originalmente a Adán, el primer hombre. Una opinión establece que estaba incluida en el mandamiento que prohibía comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal.

Relaciones Sexuales


 
Está escrito, "Por tanto dejará un hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán una carne" (Génesis 2:24). De acuerdo al Espíritu (de Santidad) manifiesto en este verso, se instruye a la humanidad en lo concerniente a relaciones prohibidas

Robo


 
De todas las prohibiciones presentes en el marco de las Siete Leyes Universales, la concerniente al robo es quizás la más difícil de obedecer u observar. La Psicología y la Historia Humana concuerdan plenamente con la afirmación talmúdica de que, "en el interior del hombre hay un impulso hacia el incesto y robo".

E.B.G. Jacob Uriel Escalera  M.:.M.:. 
A.·. L.·. MMXIII
  Shalom aleijem

lunes, 20 de junio de 2011

UR DE CALDEA: LA PATRIA DE ABRAHAM:

.. Y LA CIUDAD QUE LOS CRÍTICOS CREYERON INEXISTENTE HASTA QUE…

…TOMANDO TÉRAJ A ABRAHAM, SU HIJO, A SU NIETO LOT, HIJO DE HARÁN, Y A SARAY, SU NUERA, MUJER DE SU HIJO ABRAHAM, SACÓLOS DE UR DE LOS CALDEOS… (Gén. 11:31).

… Y los sacó de Ur de Caldea. Así resuenan las palabras bíblicas en los oídos de los cristianos hace casi dos mil años. Ur, nombre tan misterioso y legendario como el de muchos nombres de reyes y caudillos, de poderosos imperios, de templos y palacios recubiertos de oro que nos habla la Biblia. Nadie sabía dónde estaba Ur, aunque el nombre de Caldea aludía seguramente a Mesopotamia. Hace treinta años nadie podía sospechar siquiera que la búsqueda de Ur llevaría al descubrimiento de una cultura que se adentra en el crepúsculo de los tiempos prehistóricos más que los antiguos testimonios de la humanidad en Egipto.

Hoy día Ur es una estación de ferrocarril situada a 190 kilómetros al norte de Basora, cerca del Golfo Pérsico, y una de las muchas estaciones del ferrocarril de Bagdad. El tren, de acuerdo con el horario, se detiene allí breves instantes a la alborada. Extinguido el ruido de las ruedas del tren que se dirige hacia el Norte, el viajero se siente envuelto en el silencio del desierto.

Su mirada se extiende por los monótonos e infinitos mares de arena amarillo pardusca. Le parece hallarse en el centro de un inmenso plato llano, cortado únicamente por los carriles del tren. Un solo punto rompe la monotonía de la inmensidad vaga y desolada: un poderoso muñón de color rojo, que reluce los rayos del sol naciente. Parece como si un titán le hubiese abierto profundas muescas.

A los beduinos les es muy familiar este solitario cono, en cuyas grietas anidan las lechuzas. Lo conocen desde tiempo inmemorial y lo designan con el nombre de Tell-al-Muqayyar, la “Montaña de los peldaños.” A los pies de ella levantaron sus padres las tiendas de nómadas. A los pies de ella sus padres levataban sus tiendas de nómades. Como desde tiempos remotísimos, sigue ofreciendo acogedor refugio contra las peligrosas tempestades de arena. En sus faldas acampan aún hoy día los beduinos con sus rebaños cuando la época de las lluvias hace brotar una alfombra de césped como por encanto.

En otros tiempos — hace 4.000 años — ondeaban aquí inmensos campos de trigo y de cebada y se extendían cultivos de hortalizas y campos de palmeras y de higueras hasta perderse de vista. Eran extensos cultivos, comparables a las actuales haciendas productivas de California. El verdor exuberante de los campos y de los arriates estaba surcado por un sistema de canales y zanjas en línea recta, obra prodigiosa del arte de la irrigación. Desde los albores de la edad de piedra, los pobladores, aprovechando el agua de los grandes ríos, encauzaban con destreza e inteligencia el líquido elemento desde sus orillas y convertían así terrenos desérticos en paisajes de vegetación paradisíaca.

Casi oculto tras bosques de umbrías palmeras se deslizaba entonces el Éufrates. Un intenso tráfico naval desde aquí hasta el mar existía en este emporio de vida. En aquellos tiempos, el Golfo Pérsico se adentraba mucho más que ahora en la desembocadura del Tigris y del Éufrates. Antes de construirse la primera pirámide en el valle del Nilo, ya el Tell-al-Muqayyar elevaba al cielo su imponente mole. Cuatro grandiosas construcciones se alzaban en forma de cubos sobrepuestos, cada vez más delgados, de unos 25 metros de altura y revestidos de ladrillos de bellos colores. Sobre la parte negra de los cimientos, un cuadrado de 40 metros de lado soportaba los cuerpos superiores, de color rojo y azul, todos ellos rodeados de árboles. La parte más alta del edificio formaba una pequeña terraza en la cual, a la sombra de una techumbre dorada, había un santuario.

Una gran paz reinaba en esos lugares dedicados al culto, donde los sacerdotes celebraban sus oficios junto al ara del dios de la Luna, Nannar. Los ruidos de una de las más antiguas ciudades del mundo, la rica metrópoli de Ur, apenas si llegaban allí.

En el año 1854, una caravana de asnos y camellos se dirigió a la solitaria colina roja. Llevaba un raro equipo de palas, picos y aparatos de medición y la dirigía el cónsul británico en Basora, Mr. J. E. Taylor. No impulsaban al cónsul ni el afán de aventuras ni la propia voluntad. Por encargo del Foreign Office daba satisfacción al deseo expresado por el Museo Británico, (de =no) que se explorase la parte sur de Mesopotamia (es decir, la tierra donde el Éufrates y el Tigris, antes de desembocar en el Golfo Pérsico, se acercan cada vez más) en busca de monumentos de la Antigüedad. Taylor había oído hablar muchas veces en Basora del raro y grandioso amontonamiento de piedras al cual se acercaba ahora la expedición, y creía que allí encontraría su objeto.

A mediados del siglo XIX, en Egipto, Mesopotamia y Palestina empezaron excavaciones y trabajos de exploración, movidos por la idea, repentinamente surgida, de buscar en aquella parte del mundo una visión científicamente fundamentada en la historia universal. El objetivo de un buen número de expediciones era el Próximo Oriente.

Hasta entonces, la única fuente para la historia del Asia Menor en los 550 años antes de J.C. había sido la Biblia. Sólo ella contenía noticias sobre las épocas sumidas en las tinieblas del pasado. La Biblia menciona nombres y pueblos, de los cuales ni griegos ni romanos guardan información alguna.

Verdaderas legiones de sabios fueron atraídos, a mediados del siglo pasado, a los parajes del antiguo Oriente. Nadie conocía sus nombres, que pronto habían de estar en labios de todos. Llenos de asombro escucharon los hombres del “siglo de las luces” el relato de sus hallazgos y portentosos descubrimientos. Lo que aquellos sabios, a costa de ímprobos trabajos, iban sacando a la luz del seno de la arena del desierto, junto a los grandes ríos de Mesopotamia y de Egipto, llamó con justicia la atención de millones y millones de personas. La ciencia abría aquí, por primera vez, la puerta al misterioso mundo de la Biblia.

El cónsul de Francia en Mosul, Pablo Emilio Botta, era un entusiasta arqueólogo. En 1843 empezó sus excavaciones en Corsabad, junto al Tigris, y de las ruinas de una metrópoli cuatro veces milenaria hizo surgir a la luz, en todo su esplendor, el primer testimonio de la Biblia: Sargón, el legendario soberano de Asiria. El año en que el Tartán llegó a Asdod, cuando le envió Sargón, rey de Asiria… (Is. 20:1).

Dos años más tarde, un joven diplomático inglés y al mismo tiempo explorador, A. H. Layard, puso al descubierto la ciudad de Nemrod (Kalchu), designada en la Biblia con el nombre de Kélaj (Gén. 10:11) y que hoy lleva el nombre del bíblico Nemrod, el vigoroso cazador ante Yahvé. Fue el comienzo de su reino Babel, Erek, Akkad, Kalné, en tierra de Sinar. De este país salió para Asur, y edificó a Nínive, Rejobot-Ir y Kélaj.. (Gén. 10:10-11).

Poco tiempo después, unas excavaciones dirigidas por el mayor inglés Henry Creswicke Rawlinson, que fue en su tiempo uno de los mejores asiriólogos, descubrió a 11 kilómetros de Corsabad a Nínive, la capital de Asiria, la famosa biblioteca del rey Assurbanipal. Era la Nínive de la Biblia, cuya maldad los profetas condenan repetidamente (Jonás 1:2).

En Palestina, el erudito americano Eduardo Robinson se dedicó a la reconstrucción de la antigua topografía (1838-1852).

El alemán Ricardo Lepsius, más tarde director del Museo Egipcio de Berlín, registró, en una expedición que duró de 1842 a 1846, los monumentos del Nilo.

Una vez que el francés Champollion hubo conseguido descifrar los jeroglíficos egipcios, consiguió también, hacia el año 1850, descifrar el misterio de los caracteres cuneiformes. Uno de ellos fue Rawlinson, el explorador de Nínive. ¡Los documentos antiguos empezaban a hablar!

Pero volvamos a la caravana que se dirigía a Tell-al-Muqayyar.

El cónsul Taylor hace clavar las tiendas al pie de la roja colina. No tiene ambiciones científicas ni posee conocimientos previos. ¿Por dónde empezar? ¿En qué lugar situar las brigadas de nativos del país para que excaven el terreno en forma adecuada? El enorme montón de ladrillos, obra maestra arquitectónica de un pasado remoto, no le dice nada como construcción. Quizá en sus entrañas dormite algo que sirva para exponer en el Museo y sea susceptible de interesar a las gentes de Londres. Piensa vagamente en una vieja estatua, en armas, en piezas de adorno y hasta en un tesoro escondido. Arremete contra el cono, lo hace martillear palmo a palmo. Nada indica que exista una cavidad vacía. La colosal construcción parece ser maciza. El bloque inferior sobresale casi 10 metros de la arena. Dos amplias rampas de piedra conducen al próximo cuadrilátero, de más reducidas dimensiones, sobre el cual se levantan un tercero y un cuarto cuadrilátero.

Taylor va subiendo peldaño a peldaño; bajo el ardor del sol, trepa a gatas por las muescas, examina todos los restos y encuentra sólo ladrillos rotos. Bañado en sudor escala un día la plataforma más elevada; asustadas, dos lechuzas salen de entre los muros gastados por el tiempo. Esto es todo. Pero Taylor no se desalienta. Dispuesto a descubrir los secretos de aquella rara construcción en forma de cono toma una decisión que hoy no podemos por menos de lamentar profundamente: retira las brigadas que trabajan en la base y las lleva a la parte más alta de la construcción.

Lo que había resistido a los siglos, a las tempestades de arena y al ardor del sol, cayó víctima de la piqueta demoledora. Taylor manda derribar la parte más alta del edificio. La destrucción empieza por las cuatro esquinas a la vez. Ingentes masas de ladrillos rotos van cayendo diariamente desde lo alto. Al cabo de algunas semanas cesa el ajetreo en la parte alta, el golpear incesante de los picos. Un par de hombres desciende precipitadamente de la altura y penetran en la tienda de Taylor. En las manos llevan unas pequeñas varillas; son cilindros de arcilla cocida. Taylor queda decepcionado. Había esperado encontrar algo más importante. Después de limpiarlos bien, observa que los cilindros de arcilla están cubiertos de inscripciones… ¡Se trataba de caracteres cuneiformes! No los entiende en absoluto, pero se siente feliz. Cuidadosamente embalados, los cilindros parten para Londres. Pero los sabios del Támesis apenas prestan atención al hallazgo.

La cosa no es de extrañar: son los años en que todos los exploradores miran fascinados hacia las excavaciones que se realizan en el norte de Mesopotamia, donde, en el curso superior del Tigris y en las colinas de Nínive y Corsabad, surgen palacios y enormes relieves de los asirios, millares de tablillas de arcilla y estatuas, dejando en la sombra a todo lo demás. ¿Qué significaban junto a esto los pequeños cilindros de arcilla de Tell-al-Muqayyar? Dos años sigue Taylor impertérrito en sus exploraciones; pero sin éxito. Después es llamado a Inglaterra.

El mundo no debía conocer los inmensos tesoros que dormitaban bajo el antiquísimo cono de Tell-al-Muqayyar hasta después de setenta y cinco años.

Tell-al-Muqayyar vuelve a caer en el olvido entre los científicos. Pero a su alrededor ya no reina el silencio. Apenas retirado Taylor, acuden legiones de otros visitantes. Las paredes derruidas, y sobre todo la parte superior de la construcción, derribada por las brigadas de Taylor, constituyen una cantera inagotable y gratuita de materiales de construcción para los árabes, que año tras año vienen de todas partes a cargar de ladrillos sus acémilas. Fabricados por mano del hombre muchos milenios antes, aún pueden leerse en ellos los nombres de Ur Nannu, el primer gran constructor, y de Nabonides, el soberano babilónico que restauró la torre escalonada, a la cual llamaban Ziggurat. Las tempestades de arena, las lluvias, el viento y el sol se encargan de acabar la destrucción del monumento.

Cuando, durante la primera guerra mundial, las tropas británicas en marcha hacia Bagdad, en el año 1915, acampan en las cercanías del antiguo monumento, éste habiendo cambiado tanto de aspecto, hallándose tan aplanado, tan deshecho por el pillaje practicado desde el año 1854, que uno de los soldados puede permitirse una pequeña hazaña. El perfil de las antiguas graderías ha desaparecido hasta el extremo (de =no) que el soldado puede subir hasta la parte más alta montado en un mulo.

Una feliz casualidad quiere que entre los oficiales de la tropa se halle un experto, R. Campbell Thompson, del Servicio de Inteligencia del Ejército de Mesopotamia. En tiempo de paz es auxiliar del Museo Británico. Al examinar con mirada experta la inmensa aglomeración de ladrillos rotos, Thompson ve la ruina con espanto. Una inspección del suelo en los alrededores le hace sospechar la existencia de nuevos fundamentos, ruinas de edificios cubiertos por la arena del desierto. Thompson indaga con todo cuidado y manda un informe urgente a Londres. Esto impulsa a desempolvar los pequeños cilindros de arcilla, que habían sido casi completamente olvidados, y a estudiarlos esta vez minuciosamente. Las inscripciones contienen una información interesantísima y al propio tiempo una curiosa historia

Casi 2.500 años antes que el cónsul Taylor, otro explorador había escudriñado aquel lugar, con el mismo interés y removídolo todo. Venerador de la Antigüedad, hombre célebre, soberano de un gran reino y arqueólogo, todo en una persona, tal era el rey Nabonid de Babilonia. Realizó sus indagaciones hacia el siglo VI antes de J.C. y comprobó que “el Ziggurat era muy antiguo.” Pero Nabonid obró de otra manera que Taylor. “He hecho reconstruir la estructura de este Ziggurat como en los tiempos antiguos, con mortero y ladrillos cocidos.”

Cuando la torre escalonada quedó reconstruida, Nabonides hizo grabar precisamente en aquellos pequeños cilindros el nombre descubierto del primer constructor. Éste, según pudo descifrar el babilonio en una inscripción medio rota, fue el rey Ur-Nannu. ¿Ur-Nannu? ¿Es posible que el constructor de la gran torre escalonada fuese realmente el rey de Ur, de quien nos habla la Biblia, soberano de Ur en Caldea?

La suposición resulta muy verosímil, pues además el mismo nombre bíblico aparece varias veces. También documentos hallados en ruinas excavadas en Mesopotamia mencionan a Ur. Según los textos cuneiformes, parece haber sido la capital del gran pueblo de los sumerios. En este punto despierta un gran interés el maltrecho Tell-al-Muqayyar. A los eruditos del Museo de la Universidad de Pensilvania, en los Estados Unidos, se unen los arqueólogos del Museo Británico para pedir nuevas excavaciones. La torre escalonada del bajo Éufrates podría contener el secreto del desconocido pueblo de los sumerios… y de la bíblica Ur. Pero hasta el año 1823 no logra ponerse en marcha un grupo de arqueólogos americano-británico. Ya no tienen que realizar el incómodo camino sobre el vacilante lomo de un camello; ahora viajan en el ferrocarril de la línea de Bagdad. Por ferrocarril les llegan también las herramientas que necesitan: vagonetas, carriles, picos, palas, capazos.

Los arqueólogos disponen de un fondo que les permite explorar una extensa comarca. Empiezan sus excavaciones con un plan metódico y ambicioso. Confiando en que nuevos fondos vendrán a engrosar los ya concedidos, hacen cálculos para un trabajo de varios años. La expedición está dirigida por Sir Charles Leonard Woolley. Este inglés de cuarenta y tres años, ha realizado sus primeras armas en viajes de exploración y excavaciones en Egipto, Nubia y Karkemisch, en el Éufrates superior. Para este hombre inteligente y afortunado, el Tell-al-Muqayyar constituye la gran tarea de su vida. No dirige su atención principal a la torre escalonada, como hiciera algunos lustros antes el diligente pero desprevenido Taylor. Su investigación se dirige ante todo a los montículos planos que a sus pies se alzan en la llanura.

Al ojo experto de Woolley no se le escapa su forma especial, semejante a pequeñas mesetas. Planas arriba, sus pendientes descienden simétricas. Tales colinas existen en incontable número, grandes y pequeñas, en el Próximo Oriente, junto a las orillas de los grandes ríos, en medio de llanuras exuberantes, junto a las sendas y caminos por donde, desde tiempos inmemoriales, transitan las caravanas que atraviesan el país. Tan numerosas son, que hasta el día de hoy nadie ha podido contarlas. Aparecen en el delta del Éufrates y del Tigris, en el Golfo Pérsico y hasta en las tierras altas del Asia Menor, allí donde el río Halis desemboca en el Mar Negro; en las costas del Mediterráneo oriental, en los valles del Líbano, junto al Orontes de Siria y en la vega del Jordán, en Palestina.

Estos relieves del terreno constituyen las grandes minas de los arqueólogos, explotadas con todo afán y por ahora inagotables. No son obra de la Naturaleza, sino acúmulos artificiales producidos por las ruinas de incontables generaciones que nos precedieron; grandiosos montones de escombros y desperdicios del pasado, formados por los restos de cabañas y casas, murallas, templos y palacios. Todas estas colinas han adquirido su forma en el transcurso de siglos y hasta de milenios, siguiendo el mismo proceso. Los hombres habían creado allí un primer poblado, que un buen día fue destruido por la guerra o un incendio o abandonado por sus habitantes; después vinieron unos conquistadores o nuevos pobladores, que construyeron sus moradas en el mismo emplazamiento. Generación tras generación fueron así levantando en el mismo lugar viviendas y ciudades, una tras otra.

En el transcurso del tiempo las ruinas y los escombros de innumerables pueblos han ido formando, capa sobre capa y estrato sobre estrato, una colina. Los árabes de hoy llaman “tell” a esos montículos artificiales. El mismo nombre se les daba ya en la antigua Babilonia. Tell quiere decir “montón, hacinamiento”; en la Biblia encontramos esta palabra en el libro de Josué, cap. XI, versículo 13. Cuando al tratar de la conquista de Canaán se habla de las ciudades emplazadas sobre sus colinas de escombros, éstas se designan con el nombre de tulul (plural de tell). Los árabes saben distinguir con toda exactitud un tell de los relieves naturales del terreno, a los cuales designan con el nombre de yebel.

Cada Tell constituye, en realidad, un mudo capítulo de historia. Sus diferentes capas son para el arqueólogo semejantes a hojas del calendario, repasando las cuales puede aclarar el pasado página por página. Cada capa habla de una época, de su vida y sus costumbres, del arte, la cultura y la civilización de sus habitantes, con tal que se sepan leer sus indicios adecuadamente. Así han llegado los excavadores con el tiempo a resultados verdaderamente prodigiosos.

Las piedras, talladas o no talladas, los ladrillos y los restos de arcilla atestiguan la forma cómo se construía. Hasta en las piedras carcomidas y gastadas o en los restos de ladrillos reducidos casi a polvo pueden reconocerse los perfiles de las construcciones. Y las manchas negras revelan dónde se hallaron en otro tiempo los hogares difundiendo calor.

Vasijas desmenuzadas, armas, artículos domésticos y herramientas, que se encuentran por doquier entre las ruinas, dan nuevos indicios para el trabajo detectivesco aplicado a la Antigüedad. ¡Cuánto aprecian los investigadores que los antiguos no conociesen ningún servicio urbano de recogida de basura! Lo que resultaba inútil o superfluo se echaba afuera, dejándolo expuesto a la acción de la intemperie y del tiempo.

Hoy día se conocen con tanta exactitud las diferentes formas, muestras y colores de las vasijas y los vasos, que la cerámica se ha convertido en el recurso arqueológico número uno para el cómputo del tiempo. Aún los trozos sueltos, a veces aún los mismos fragmentos, permiten fijar la fecha con toda precisión. Hasta el segundo milenio antes de J.C., el límite máximo de error en la determinación de la fecha alcanza, como máximo, ¡50 años!

Datos inapreciables se perdieron en el transcurso de las primeras grandes excavaciones, efectuadas en el pasado siglo, por no prestar atención a los trozos que parecían sin valor. Se les echaba a un lado, pues aquellos días sólo se daba importancia a los grandes monumentos, los bajos relieves, las estatuas o los tesoros. Así se perdieron para siempre muchas cosas valiosas.

Un ejemplo de ello nos lo ofrece el arqueólogo Enrique Schliemann. Poseído de gran orgullo, no tenía más que una idea: encontrar la ciudad de Troya del poema homérico. Con grandes brigadas hizo remover el suelo en profundo. Capas que hubieran podido ser de gran importancia como indicadoras del tiempo transcurrido fueron desalojadas como cascajo inútil. Al fin exhumó Schliemann de las entrañas de la tierra un valioso tesoro que causó la admiración del mundo. Pero no era, como él creía, el tesoro de Príamo. El hallazgo se remontaba a una época muchos siglos anterior. En el ardor de su tarea, Schliemann había excavado demasiado profundo. Hijo de comerciantes, era un profano en la materia.

Sin embargo, los profesionales al principio no lo hacían mejor. No hace más que unas décadas que los arqueólogos trabajan siguiendo un plan meditado. Se empieza a excavar el Tell por la parte alta y se analiza centímetro por centímetro el suelo, estudiando cada piedra y cada fragmento. Se profundiza en la colina comenzando por practicar una entalladura. Entonces las capas de diferente coloración se ofrecen al ojo del investigador como una tarta cortada y le permiten una primera ojeada a la historia de los emplazamientos humanos que allí se sucedieron. De acuerdo con este principio se dispone a realizar sus trabajos la expedición angloamericana del año 1923 en Tell-al-Muqayyar.

En los primeros días del mes de diciembre, sobre los montones de escombros del este del Ziggurat, sólo a pocos pasos de la amplia rampa por donde en otro tiempo los sacerdotes, en solemne procesión, subían al santuario del dios Luna, Nannar, se alza una nube de polvo. Empujada por el ligero viento, se extiende, y pronto en torno a la antigua torre escalonada aparece todo envuelto por la nube. Es fina arena que, removida por centenares de palas, indica que han empezado las grandes excavaciones.

Así que la primera azada se hinca en el suelo, crece en todas las excavaciones un ambiente de tensión. La empresa representa un viaje a un reino desconocido que no se sabe qué sorpresas deparará. También Woolley y sus colaboradores están llenos de expectación. ¿Recompensarán los hallazgos el sudor y el esfuerzo empleados en esta colina? ¿Dará a conocer Ur fácilmente sus secretos? Ninguno de los que toman parte en los trabajos puede imaginarse que permanecerán seis largas temporadas invernales, hasta la primavera de 1929, explorando esos parajes con todo afán. Estas excavaciones de gran estilo en el corazón del sur de Mesopotamia tenían que dejar al descubierto, capítulo por capítulo, la historia de aquellos lejanísimos tiempos en que, en el delta de los dos grandes ríos, se establecieron los primeros pobladores y surgió una nueva vida. A lo largo del penoso camino de la investigación que nos hace retroceder 7.000 años, más de una vez daremos con acontecimientos y nombres de los cuales nos habla la Biblia.

Lo primero que aparece es un espacio con las ruinas de cinco templos que, en otro tiempo, rodeaban en semicírculo al Ziggurat contruído por el rey Ur-Nannu. Parecen fortalezas, de gruesos muros. El mayor de estos templos, con una superficie de 100 x 60 metros, estaba consagrado a la Luna; otro templo, a la veneración de Nin-Gal, esposa de Nannar. Cada uno de ellos con un patio interior rodeado por toda una serie de estancias. En ellas se ven aún las antiguas fuentes, los largos pilones de agua calafateados con asfalto, y los profundos tajos en las grandes mesas de ladrillo dejan comprender dónde eran sacrificadas las reses ofrecidas en holocausto. En los hogares situados en las cocinas de los templos eran preparadas las viandas para el banquete sacrificial. Había también hornos especiales para cocer el pan. “Después de 38 siglos — hace notar Woolley en el relato de su expedición — podrían encenderse de nuevo hogares y poner otra vez en servicio las cocinas más antiguas del mundo.”

Hoy día los templos, las salas del Tribunal, las oficinas de Hacienda y las fábricas son instituciones completamente separadas unas de otras. En Ur era distinto. El distrito sagrado, bajo la administración del templo, no estaba exclusivamente reservado a la veneración de los dioses. Además de las ceremonias del culto, correspondían a los sacerdotes otras muchas atribuciones. Aparte de las ofrendas recibían, además, los “diezmos” y los impuestos, que eran debidamente inscriptos. Toda entrega era anotada en una tablilla de tierra cocida: seguramente los primeros recibos de impuestos que extendieron los hombres. Los escribientes, que eran sacerdotes, anotaban las entradas por impuestos en memorias semanales, mensuales y anuales.

La moneda acuñada aún no era conocida. Los impuestos eran pagados en especies; cada habitante de Ur pagaba con lo que podía. El aceite, el trigo, las frutas, la lana y el ganado eran guardados en grandes locales; lo que era susceptible de echarse a perder pasaba a las tiendas que existían en el mismo templo. Muchos artículos eran transformados en el mismo templo, como, por ejemplo, en las hilanderías que dirigían los mismos sacerdotes. Uno de estos talleres sacerdotales fabricaba doce distintas clases de vestiduras. En las tablillas allí encontradas figuran los nombres de las muchachas que las tejían. Hasta figura el peso de la lana entregada a cada tejedora, y el número de (las=no) piezas que de ella resultaba estaba también anotado con toda escrupulosidad. En un edificio destinado a la administración de justicia se encontraron los textos de las sentencias, tan cuidadosamente inscriptos como en nuestros juicios actuales.

Tres temporadas había estado trabajando la expedición angloamericana en el viejo Ur y este singular museo de la primitiva historia aún no había dado todos sus tesoros. Fue entonces cuando, fuera de los límites de los templos, los excavadores experimentan una sorpresa extraordinaria.

Al sur de la torre escalonada, al explorar una serie de colinas, vieron surgir del fango paredes, muros y fachadas situadas unas junto a otras formando varias hileras. Las palas van poniendo al descubierto toda una serie de casas, un verdadero dédalo, cuyas paredes alcanzan, en algunos casos, alturas hasta de 3 metros. Entre ellas se abren paso estrechas callejas. De vez en cuando las calles desembocan en amplias plazas

Después de muchas semanas de arduo trabajo, y después de remover muchas toneladas de cascotes, aparece ante aquellos hombres una visión inolvidable.

¡Debajo de Tell-al-Muqayyar, de matices rojos, aparece a la luz del sol toda una ciudad, despertada por los incansables exploradores después de un sueño milenario! Woolley y sus colaboradores están fuera de sí de alegría. Ante ellos está Ur; ¡aquella Ur de Caldea de que habla la Biblia!

¡Con qué comodidad habían vivido sus moradores! ¡Cuán espaciosas eran sus casas! En ninguna otra ciudad del País de los Dos Ríos han salido a la luz edificios particulares tan hermosos y confortables.

Comparados con ellos los que se han conservado de Babilonia resultan humildes, hasta pobres. El profesor Koldewey, en las excavaciones alemanas realizadas a principios de este siglo, sólo encontró sencillas edificaciones de barro, de una sola planta con tres o cuatro habitaciones alrededor de un patio abierto. Así vivía la población hacia unos 600 años antes de J.C. en la tan admirada y alabada metrópoli de Ur; en cambio, 1.500 años antes vivían en macizos edificios en forma de villas, casi todos de dos plantas, contando de doce a catorce estancias. La planta baja era sólida, construida con ladrillos cocidos y la segunda con adobes; las paredes, limpiamente enlucidas con mortero y blanqueadas.

El visitante entraba por la puerta a un pequeño atrio con sus pilas de agua donde se lavaba los pies y las manos. De allí penetraban a un espaciosos y claro patio interior, cuyo suelo estaba bellamente pavimentado. Alrededor de este patio se agrupaban el recibidor, la cocina y las habitaciones, así como el altar privado. Por una escalera de piedra, debajo de la cual se escondía el cuarto de aseo, se subía al piso superior; en él las estancias se distribuían entre las propias de la familia y las de los huéspedes.

Entre las paredes derruidas volvió a surgir a la luz del día todo cuanto había pertenecido a la vida de estas casas patriarcales. Numerosas colecciones de vasijas, ánforas, vasos y tablillas de barro llenas de inscripciones formando un mosaico a través del cual podía ser reconstruida, pieza a pieza, la vida cotidiana de Ur. Ur de Caldea a principios del segundo milenio antes de J.C. era una poderosa capital, rica y llena de magnificencia.

Woolley no puede desprenderse de una idea: Abraham tuvo que haber salido un día de Ur de Caldea y seguramente vino al mundo en alguno de esos edificios patriarcales. Debió de pasar junto a los muros del gran templo y por estas calles; y, al alzar los ojos, sus miradas debieron tropezar con la poderosa torre escalonada, con sus cuadriláteros de color negro, rojo y azul rodeados de árboles. Woolley escribe entusiasmado:

“Tenemos que cambiar por completo la concepción que teníamos formada del patriarca hebreo al comprobar en qué magnífico ambiente pasó su juventud. Era ciudadano de una gran ciudad y heredó la tradición de una civilización antigua y bien organizada. Las mismas casas denotan confort, hasta casi lujo. Encontramos copias de himnos del servicio del templo y, junto a ellas, había también tablas matemáticas. En estas tablas, además de simples sumas, estaban inscritas fórmulas para la extracción de raíces cuadradas y de raíces cúbicas. ¡Y en otros textos los escribas habían copiado las inscripciones de los edificios de la ciudad y hasta una pequeña historia del templo!”

¡Abraham, evidentemente, no era un simple nómada, sino hijo de una gran ciudad del segundo milenio antes de J.C.!

¡Esto era un descubrimiento sensacional, casi increíble! Los diarios y las revistas publican fotografías de la vieja torre escalonada y de las ruinas de la metrópoli puestas al descubierto, que ofrecen un aspecto grandioso. Con sorpresa vemos un dibujo que lleva la siguiente inscripción:

“Casa del tiempo de Abraham.”

Woolley lo había encargado a un artista. Es una reconstrucción que corresponde exactamente a los fundamentos. En un patio interior se ve un edificio parecido a una villa; sobre el pavimento hay dos elevadas ánforas por donde fluye el agua; una balaustrada de madera comunica las habitaciones del piso superior con el patio. ¿Es que resultaría de repente errónea la clásica concepción de Abraham como patriarca, rodeado de su prole y de sus rebaños, tal como generaciones enteras se lo habían figurado?

La opinión de Woolley no dejó de ser discutida. Muy pronto los teólogos y los críticos la sometieron a duras impugnaciones.

En favor de la concepción de Woolley hablaba el versículo 31 del capítulo XI del Génesis.

“Tomó, pues, Téraj a Abraham, su hijo, a su nieto Lot… y los sacó de Ur de Caldea.

Pero hay también pasajes de la Biblia que hacen mención de otro lugar: cuando Abraham manda a su siervo más viejo desde Canaán a la ciudad de Najor para que busque una esposa para su hijo Isaac, Abraham llama a este Najor su patria (Gén. 4:24) y la casa de su padre y su suelo natal (Gen. 7:24); Najor estaba situada en la Mesopotamia septentrional. Después de la conquista de la Tierra Prometida, Josué habló así al pueblo que estaba allí congregado:

“Vuestros padres — Téraj, padre de Abraham y padre de Najor — habitaron de antiguo allende el río” (Jos. 24:2). Por el río se da a entender aquí, como en otras partes de la Biblia, el Éufrates. La ciudad de Ur fue construida en la orilla derecha del Éufrates. Vista desde Canaán estaba situada en la parte de acá del río, no al otro lado de él. ¿Es que Woolley había sacado conclusiones demasiado precipitadas? ¿Qué resultados positivos había alcanzado la expedición? ¿Dónde estaba la demostración de que Téraj y su hijo Abraham eran de Ur, vecinos de una gran ciudad?

“La primitiva peregrinación desde Ur en Caldea hasta Harran, aparte de la excavación de la ciudad propiamente dicha, no ha encontrado confirmación alguna arqueológica,” aclara William F. Albright, profesor de la Universidad de John Hopkins, de Baltimore (Estados Unidos). El erudito y afortunado excavador, que es tenido como un buen conocedor de la arqueología de Palestina y del Próximo Oriente, añade:

“Y el hecho notable de que los traductores griegos jamás mencionen a Ur sino a la “Tierra” natural de los caldeos, podía significar que la transferencia de la patria de Abraham a Ur era considerada seguramente como una cosa secundaria y no conocida generalmente en el siglo III antes de J.C.”

Con Ur salió de las sombras del pasado la capital de los sumerios, uno de los pueblos más antiguos y cultos del País de los Dos Ríos. Los sumerios, según ya es sabido, no eran semitas como los hebreos. Cuando alrededor del año 2000 antes de J.C. tuvo lugar la gran invasión de los nómadas semitas procedentes de los desiertos árabes, se quebró en el Sur primero en Ur con sus extensas plantaciones y canales. Podría ser que el recuerdo de aquel grandioso éxodo a las tierras del “Fértil Creciente,” del cual Ur también quedó afectada, quedase fijado en la Biblia.

Escrupulosas investigaciones y, sobre todo, las excavaciones realizadas en las dos últimas décadas, parecen comprobar con visos de certeza que Abraham no fue jamás ciudadano de la gran metrópoli sumeria. Ello contradiría todas las representaciones que de él nos hace el Antiguo Testamento sobre la vida del padre de los patriarcas: Abraham vive en una tienda, con sus rebaños va de uno a otro sitio, de una a otra fuente. ¡No vive como habitante de una gran urbe, sino la vida típica de los nómades!

Mucho más al norte del “Fértil Creciente,” según veremos, saldrá de repente de la oscuridad la historia de los patriarcas de la Biblia con su ambiente histórico.


Extracto del libro “Y la Biblia Tenía Razón” de Werner Keller

sábado, 4 de junio de 2011

El Ídolo

Un ídolo es la imagen de una deidad representada por un objeto que es adorado y se le rinde culto; en el judaísmo e islamismo esta estrictamente prohibido; en el judaísmo e islamismo, la creación de cualquier cosa que represente a Dios, esta estrictamente prohibido, bajo la idea de que darle forma manifiesta de idolatría.- Enciclopedia Wikipedia.
La Biblia nos dice “no haréis para vosotros ídolos, ni escultura, ni os levantareis estatua, ni pondréis en vuestra tierra piedra pintada para inclinaros ante ella” Lv. 26:1. Cuando el candidato es iniciado en la masonería, se le dice “jamás hincaras rodilla, ni te inclinaras ante hombre alguno, solo lo harás ante el Gran Arquitecto del Universo”.

A Dios no es posible conocerle en su totalidad y perfección, ¿Como podría el hombre finito, y con mente relativa. Conocer lo infinito, absoluto y perfecto de Dios?... El hombre solo puede conocer a Dios por sus manifestaciones, y dentro de las capacidades de su mente.

Uno de los atributos ò condiciones conocidas de Dios, es que él es el todo, y esta mas allá de la palabra, forma, espacio y tiempo, dado que cualquiera de las tres condiciones anteriores, lo separaría del resto de la creación.

En realidad el concepto de idolatría no esta en el objeto, sino en la relación de la persona con el “objeto”; existen personas que necesitan de la ortopedia del ídolo, pues no les es posible percibir ò elevar oración alguna a un Dios que no ven, en este caso, la imagen les sirve como punto focal para concentrar sus pensamientos y conducto para elevar sus oraciones a Dios…

Podría definir la idolatría, como tomar por real ò verdadero “algo” que no lo es. Y esto nos lleva a extender el concepto idolatría más allá de lo religioso… como a las palabras.

Todo escritor, pintor ò escultor, tiene algo de frustración, pues por mas esfuerzos que haga, jamás podrán sus creaciones igualar la realidad.

Tomar las palabras como ciertas, implica algo de idolatría, pues ellas solo son la narración ò explicación de “algo”, el masón debe trascender la palabras, el simbolismo y el ceremonial. Debe darles realización a través de conceptos, ideas y actos interiores… las palabras leídas ò escuchadas cobran vida por la reflexión y la meditación, las palabras que escuches ò leas, no son tus palabra ni tus ideas, estas deben pasan por un proceso de asimilación è integración a la psique de las personas.

Los personajes, actos y lugares narrados en nuestras liturgias, la Biblia, el Coran, Sepher Yetzirah, Zohar, etc. Son alegorías de una realidad. Este universo es un telar de fuerzas que el hombre a antropomorfizado llamándoles Dioses…mas sin embargo Dios solo es uno, él compenetra todo cuanto existe y lo trasciende mas allá de los tres velos que cubren el universo in manifiesto.

Dice la liturgia del Caballero Rosacruz 18º,…“el pensamiento tiene una propiedad sui-generis: la de atraer a la mente que lo engendra pensamiento afines ó semejantes a si mismo”, cuando el conjunto de palabras convertidas en conceptos, son comprendidas por nuestra mente, los autores de esas palabra ò libros, nos susurran de boca a oído aquello que esta mas allá de la palabra… igual que en nuestros rituales.

Se humilde para que tu ego no te impida comprender. Cuando meditas y te adentras en los planos internos del ser, eleva una oración para que Dios ò las grandes mentes te iluminen.

Trasciende las formas y busca la realización. La mente tiene una estructura que se ha formando desde nuestra infancia y le es muy difícil dejar de comportarse como siempre lo ha hecho. La mente es como un potro salvaje que le gusta correr, hay que educarlo. “aprende a fijar tu pensamiento en una cosa, en una sola idea y mantenerlo fijo en ella, sin permitirle desviarse ò divagar, como es su costumbre” Liturgia C∴ R∴ C∴ 18º… no se extrañen por mis palabras, esto esta en vuestras liturgias, a veces un poco veladas, otras veces no tanto, estúdienlas en soledad, reflexionen, mediten y pónganse en contacto con su espíritu, cada grado tiene un misterio, una revelación que va mas allá de la palabra y el símbolo. Cierra los ojos y adéntrate en tu templo interior: acalla tu dialogo interior, no pienses, silencia tu mente, preséntate receptivo, cada plano tiene su guardián, el cuerpo físico reclamara tu atención, el guardián del umbral (ego) te cerrara el paso, la mente objetiva y el intelecto trataran de atraerte a su plano, esfuérzate en no esforzarte, no los combatas, ignóralos, vuelve tu respiración lenta y profunda, serena, permanece tranquilo, relajado, olvídate del físico, de la respiración de todo cuanto te sujeta a lo físico, este es tu universo interior y tú eres el centro, solo eres consciencia y mente, observa…escucha…estas solo tú y tu universo, no analices ni cuestiones nada, solo percibe….eso lo harás después.

CONCLUSIÓN

Cualquier cosa que yo diga se empobrece ante las palabras de Erich Fromm que en su libro “Y Seréis Como Dioses” nos dice:”el reconocimiento de Dios es, fundamentalmente, la negación de los ídolos”, “el hombre transfiere sus propias pasiones y cualidades al ídolo. Cuando mas se empobrece él mismo, tanto mayor y mas fuerte se hace el ídolo, el ídolo es la forma alienada de la experiencia de si mismo que tiene el hombre. Al adorar al ídolo, el hombre adora su yo”, “el hombre, intentando ser como Dios, es un sistema abierto que se aproxima a Dios; el hombre sometiéndose a los ídolos, es un sistema cerrado que se convierte en una cosa. El ídolo no tiene vida; Dios es viviente”.

Antes de tocar a las puertas del templo interior, despójate de toda riqueza terrenal, soberbia, pasiones y ambiciones, agradece a Dios por tu existencia y la de Dios mismo, con humildad suma, pide la asistencia de las grandes mentes y a Dios para que te hagan receptivo a sus divinas enseñanzas. Toca las puertas con los toques misteriosos de tu grado, y con la palabra y signo de pase, pídele al guardián te permita entrar con el propósito de trabajar para beneficio de la humanidad y la gloria de Dios….que así sea.

“YO DIJE: VOSOTROS SOIS DIOSES, Y TODOS HIJOS DEL ALTÍSIMO; PERO COMO HOMBRES MORIRÉIS, Y COMO CUALQUIERA DE LOS PRÍNCIPES CAERÉIS. LEVÁNTATE, OH DIOS, JUZGA LA TIERRA; PORQUE TU HEREDARAS TODAS LAS NACIONES” Sal. 82:1-8



BIBLIOGRAFÍA:
Gracias a J. David B.B. C∴ R∴ C∴ 18º
LITURGIA C∴R∴C∴ 18º.
ERICH FROMM. “Y Seréis Como Dioses”
REYNA VALERA. “La Biblia”
ERICH FROMM: (23 de Marzo de 1900.-18 de Marzo de 1980). Psicólogo Social, Psicoanalista y Humanista Alemán; Autor de: El Arte de Amar, Miedo a La Libertad, El Corazón del Hombre, La Condición Humana Actual, El Dogma de Cristo, Y Seréis Como Dioses, El Amor a La Vida, El Arte de Escuchar, Espíritu y Sociedad, Lo Inconsciente Social. Del Tener Al Ser, etc.

domingo, 10 de abril de 2011

INSTITUCIONES RELIGIOSAS en tiempo de JESÜS.

EL NOMBRE

Segun Hechos 4:12, " No hay sino un solo Nombre".
En arameo, el idioma de la Judea del siglo I, el nombre Jesús proviene de Yeshúa (Heb.ישׁוע, Yeshúa) «Yahvéh es Salvación».Nombre compuesto que contiene el Tetragramaton que corresponde al nombre divino. Este nombre llegó al español desde su equivalente en hebreo, Yeshua, a través del griego Iēsoûá (Ιησουα) y del latín Iesú(a) y del español Jesús. Sin embargo, se podría traducir también como Josué, ya que otra evolución del mismo nombre Ieshua fue a Ioshua y, de aquí, a Josué (y en inglés Joshua).
Resulta difícil presentar por sí mismas las instituciones religiosas de Israel, ya que toda la existencia judía, econó­mica, social y política, está marcada por la religión. Ya hemos visto, por ejemplo, la importancia económica que tenía el templo. Recogeremos aquí algunos de los datos más conocidos sobre el templo, la sinagoga y las fiestas religio­sas.

EL TEMPLO

El templo es en todos los aspectos el centro de Israel. El primer edificio fue construido por Salomón y destruido cuando la toma de Jerusalén por Nabucodonosor en el año 587 a.C. El segundo templo, reconstruido al volver del des­tierro e inaugurado en el año 515, era mucho más modesto. Fue levantado de nuevo por Herodes sobre bases comple­tamente nuevas. A veces se designa la historia judía entre el 583 a.C. y el 70 p.C. con el nombre de periodo del segundo templo.

LA CONSTRUCCIÓN

Escuchemos la descripción que nos hace Josefo de este templo de Herodes:
«En el aspecto exterior de la construc­ción no se ha omitido nada para impresionar el espíritu ‑y la vista. En efecto, como estaba recubierto por todas partes con espesas placas de oro, ya desde el amanecer reflejaba la luz del sol con tanta intensidad que obligaba ‑a quienes lo miraban a apartar los ojos como se apartan de los rayos solares. Para los extranjeros que llegaban, se presentaba a lo lejos como una montaña nevada, pues donde no estaba cubierto de oro lo estaba con mármol blanquísimo. En la cima estaba erizado de puntas de oro afiladas para impedir que se posaran las aves y ensuciaran el techo» (De bello judaico, V, 222‑224).
Esta expresión de magnificencia es la que nos dan todos los testigos oculares. Es verdad que el contemporáneo de Jesús debería quedar deslumbrado cuando, llegado a la cima de una colina, descubría la ciudad y en el medio una torre de 50 m. de alta (equivalente a un edificio de 15 pisos), plantada en una inmensa planicie de 480 m. de larga por 300 m. de ancha, que dominaba sobre el resto dala ciudad y que estaba rodeada de un muro, verdadera fortaleza. Penetremos en esa planicie: tienen acceso a ella los judíos y los paganos. Vemos dos inmensos pórticos ó patios rodeados de columnatas, en donde están instalados los comerciantes de bueyes, corderos, palomas, aceite y ‑harina necesarios para el culto, así como los cambistas: en efecto, la moneda Oficial del templo sigue siendo la que se acuñó en tiempos de Alejandro Janeo (103‑76 a.C:), con el mismo peso que la de Tiro (por eso se le llama también moneda tiriana). El centro de esa planicie está algo elevado sobre los demás: unas estelas o lápidas escritas en griego y en latín prohíben el paso a todos los incircuncisos, so pena de muerte. Su­biendo unos escalones, se llega a la terraza central sobre la que está construido el templo. Dan acceso al mismo nueve puertas monumentales, cuatro al norte, cuatro al sur y una al este; estas puertas estaban recubiertas totalmente de oro y plata, lo mismo que sus montantes y dinteles; pero una de ellas que daba hacia fuera del santuario, en bronce de Corinto, sobrepasaba ampliamente en valor a las otras de­coradas de oro y plata. Cada portón tenía dos puertas de 30 codos de alto cada una (=15 m.) y 15 de ancho», (Josefo, De bello judaico, V, 201‑202). Esta puerta corintia es sin duda la puerta hermosa de Hech 3,2.Se pasa a continuación al patio de las mujeres, luego al de los hombres y finalmente al de los sacerdotes, que rodea al altar de los sacrificios. Detrás de esté altar se levanta el templo propiamente dicho, una especie de cubo que mide 50 m. de longitud, de anchura y de altura. En el interior, la sala llamada el Santo tenía en el centro el altar de los perfumes, a la izquierda la mesa de los panes de la proposición o de la ofrenda, a la derecha el candelabro dalos siete brazos. El Santo dalos santos estaba completamente vacío (en el templo de Salomó n, destruido en el año 587, contenía el arca dala alianza); está separado del Santo, no por una pared, sino por una doble cortina (el velo del templo); sólo el sumo sacerdote penetra en él, con gran temor, una vez al año, el día de la fiesta de la expiación: es el lugar dala presencia del Señor.
Adosados a las paredes del templo hay varios edificios anejos: la sala del sanedrín, almacenes para la leña, el vino, el aceite destinado al culto, la sala del tesoro…
También se habla de varios elementos decorativos, como los racimos de uvas de oro de la altura de un hombre en el frontispicio y de los numerosos tapices y tejidos preciosos llegados de los países más remotos.

EL CULTO

Cuando Josefo nos habla dalos mármoles blancos como la nieve y del oro resplandeciente, seguramente, adorna un poco su descripción, a no ser que los sacerdotes (los únicos que podían penetrar en el interior del templo) limpiasen regularmente las paredes; en efecto, el altar es un foco continuo de polución atmosférica. No hay más que ver hoy los altares de nuestras iglesias: aquel altar cuadrado de 25 m. de lado y 7,5 de alto, al que se sube por unas escaleras, se parece mucho a un incinerador o a un horno crematorio sin sistema de recuperación ni de filtro de humos, ya que lo esencial del culto consistía en .quemar animales enteros (holocaustos) o al menos sus vísceras y su grasa (sacrificios por el pecado y sacrificios de comunión). Lo único que no se quemaba era la piel, que se convertía en propiedad de los sacerdotes. En cuanto al fuego, se utilizaba leña relativa­mente preciosa junto con el incienso, cuyo perfume debería atenuar el olor de la carne carbonizada.
Todos los días se inmolaban como ‑sacrificio perpetuo­ de Israel a su Dios 2 corderos añejos: uno por la mañana y otro por la tarde. El emperador romano mandó además que se sacrificaran (¿a su propia costa?) otros 2 animales ‑no sabemos cuáles‑, uno por él y otro por el imperio. Señale­mos de pasada una diferencia enorme: mientras que todos los demás pueblos tienen que inmolar al emperador, aquí se le ofrece a Dios un sacrificio por él. No conocemos el ritual exacto de estos sacrificios oficiales: si oficia un solo sacer­dote, designado por suerte, es probable que asistieran los demás sacerdotes de servicio y que intervinieran los levitas y los músicos.
Durante el resto de la jornada, se sucedían los sacrificios privados: tampoco en este caso conocemos su cifra, pero debían ser numerosos, sobre todo durante el verano (época de los viajes) y especialmente durante las grandes peregrinaciones. Si Herodes decidió agrandar el templo el año 20 a C, fue desde luego por razones políticas: deseaba agradar al pueblo. Pero los judíos no habrían aceptado esta decisión que tuvo que plantearles no pocos problemas de orden ritual y dificultades para el mantenimiento del culto, si aquello no hubiera respondido a unas necesidades efectivas. Hech 21, 26 supone que era necesario concertar previamente la fecha para el sacrificio; es verdad que Hech 20, 16 sugiere que Pablo llegó en el momento crítico de las peregrinaciones, pero lo cierto es que los sacerdotes tenían seguramente tarea.
El israelita que quería ofrecer un sacrificio empezaba comprando, en la entrada del templo, el animal o los anima­les que deseaba ofrecer, así como la harina y el aceite necesarios prácticamente para las ofrendas. Luego entraba en el segundo recinto y pasaba al patio de Israel. Se pre­sentaba a un sacerdote, reconocible por su vestidura espe­cial (traje de lino blanco). Este le llevaba entonces, a través del patio de los sacerdotes que se podía atravesar en estas circunstancias, hasta el pie del altar. Si en el A.T. era el propio oferente el que degollaba personalmente a la víctima, parece ser que en el siglo I de nuestra era esta función correspondía al sacerdote, excepto en el rito del cordero pascual, inmolado por el cabeza de familia, ya que todo el pueblo, según Filón, se veía elevado aquella tarde a la dignidad sacerdotal. Luego el animal era despojado de su piel, despedazado y utilizado cada uno de los trozos según las prescripciones de la ley. Estos ritos van acompañados de plegarias y bendiciones, que no conocemos. Una mujer .o una persona incircuncisa pueden también ofrecer sacrifi­cios, pero les está prohibida la entrada en lo más íntimo del templo, por lo que no pueden acompañar y ayudar al sacer­dote.

LOS CIRCULOS DE SANTIDAD

Hemos hablado hasta ahora de lugares concretos, de patios (de las mujeres, de los israelitas…) o de límites bien precisos. Estas delimitaciones se basan, más profunda­mente, en la concepción judía de la santidad. En plan es­quemático, podríamos decir que, para lsrael, sólo Dios es el santo, el puro, el separado, el perfecto; por naturaleza, el hombre y la creación en general son lo profano, lo impuro, lo vulgar, lo imperfecto. Por simple proximidad o contacto, cada uno es capaz de comunicar una parte de lo que es; por eso el hombre puede comunicar su impureza a su seme­jante, pero n o su santidad. Dios, al contrario, comunica su santidad a todo lo que se le acerca, una santidad cada vez más difusa y más débil a medida que uno se aleja de él. Podría representarse esto bajo la forma de unos círculos concéntricos.
En el centro está el lugar sagrado por excelencia, el sitio en donde Dios hizo descansar su gloria (1Rey 8,10): el Santo de los santos. Viene luego el Santo, donde pueden penetrar los sacerdotes. Está luego el altar en el que se ofrecen todos los sacrificios y el espacio entre el altar y el Santo, estricta­mente reservado para los sacerdotes. Luego el patio de los sacerdotes al que tienen acceso los sacerdotes, incluso aunque no sean aptos para el culto (inválidos de cualquier clase). En quinta y sexto lugar vienen los hombres adultos de Israel y las mujeres. Finalmente, están los paganos. Estos círculos a su vez se inscriben en un contexto más amplio: alrededor del templo, el espacio sagrado por excelencia, está la ciudad de Jerusalén; luego el país de Israel y final­mente el resto del universo.
Según su estado, circunciso o sin circuncidar, puro o impuro, el hombre puede ir avanzando más o menos por estos ‑grados» de santidad: mientras permanezca dentro de los límites que sede han asignado, no hay ningún problema; pero si los traspasa, su impureza “profana” el sitio en el que ha entrado indebidamente y rompe el equilibrio querido por el Señor. Del mismo modo, cuando Jesús toca a un leproso para Curarle, pretende purificarlo, darle su santidad, mien­tras que para los judíos no hace más que contagiarse de su impureza.

La sinagoga

El templo es el lugar que polariza toda la vida religiosa, política y económica de Israel. Pero en la vida cotidiana hay otra institución ‑la sinagoga‑ de enorme importancia. Hay solamente un templo al que se sube en contadas ocasiones (una vez al menos en la vida si se reside fuera de Palestina), pero la aldea más pequeña tiene su sinagoga; allí es en el fondo donde se forja la mentalidad y la piedad del israelita.
Lo mismo que el término iglesia, la palabra sinagoga representa dos realidades: la reunión de los creyentes para la oración y el edificio material en donde se celebra esa reunión. Hech 16, 13 sugiere que el edificio es secundario respecto a la reunión.

LA REUNIÓN

Los orígenes de esta clase de reuniones no los conoce­mos más que por algunas fuentes literarias que se muestran especialmente oscuras en éste punto. Parece ser que hay que buscar este origen en tiempos del destierro de Babilonia (587 al 538 a.C.). Aquel desastre nacional fue una prueba muy dolorosa para la fe de Israel, que provocó incluso la apostasía de muchos: la destrucción del templo y la desapa­rición del culto les parecían la prueba de que los dioses babilonios eran más fuertes que el Dios de Israel. Pero otros judíos, preparados por la predicación de Jeremías y sobre todo de Ezequiel, que vivió con ellos deportado con los demás, descubrieron un sentido a lo que estaban viviendo: Dios no abandona a su pueblo, quiere purificarlo. Sise ha suspendido el culto oficial, sigue siendo posible la medita­ción sobre los acontecimientos pasados y presentes y la oración al Señor. Los creyentes empiezan entonces a reu­nirse donde pueden para reavivar mutuamente su fe. Los sacerdotes ocupan ciertamente un papel importante y, en compensación, todo este esfuerzo de reflexión contribuye ampliamente a la formación de la .tradición sacerdotal» y a la intensa actividad literaria de la época. A veces se reúnen para esta reflexión en la playa junto a un río, cerca de la ciudad donde viven los deportados (Sal 137, 1).
¿Continuó la costumbre de celebrar estas reuniones al volver a Palestina? Se ocuparon en primer lugar de recons­truir el templo y de restaurar el culto. Pero, incluso en Palestina, el movimiento sinagogal parece ser que se desa­rrolló bajo el impulso de Esdras y Nehemías; la descripción que nos ofrece este último (Neh 8) es un buen ejemplo de estas reuniones. Por su parte, los judíos que quedaron en Babilonia y los que se dispersaron por el mundo (la diás­pora) sintieron también la necesidad de reunirse, a fin de mantener su fe en el Señor y de afirmar su conciencia de pertenecer al pueblo elegido. El movimiento se generalizó y en el siglo I de nuestra era cada comunidad judía tenía su sinagoga; las ciudades como Jerusalén, Roma, Alejandría o Antioquía tenían un gran número (480 en Jerusalén según la tradición rabínica). Por esta época se cree que esta institu­ción es tan antigua como el propio pueblo (Hech 15, 21).
El desarrollo del culto se centra en la oración y en la meditación de las escrituras. Se empieza recitando el Shema, el credo del pueblo de Israel compuesto de tres pasajes bíblicos: Dt 6, 4‑9; 11, 13‑21; Núm 15, 37‑41. Se afirma así de antemano fa unicidad de Dios y el vínculo tan estrecho que lo une a su pueblo. Vienen luego algunas oraciones, proclamadas por el responsable del oficio y a las que el conjunto de asistentes se asocia respondiendo “Amén”. Se refieren a la vez a las necesidades de la vida corriente y a la gran Ilusión del pueblo: la instauración de la era mesiánica. El Talmud nos ha transmitido la oración llamada Shemoné Esré (o Dieciocho bendiciones), pero a este libro le gusta codificar elementos que no siempre per­tenecen al siglo l; algunas de estas bendiciones son cierta­mente posteriores a la destrucción del templo y tampoco son idénticas las dos versiones de está plegaria, por lo que cabe preguntarse si en el siglo l habría sólo un esquema de oración más que un texto fijo.
Viene luego la lectura de la palabra de Dios. Se trata siempre de un texto de la Torah (nuestro Pentateuco). No se trata de recitar el texto de memoria (por miedo a olvidarse de una sola palabra del texto sagrado), sino que hay que leerlo, en el texto hebreo. Pero como muchos judíos no conocen esta lengua, el lector tiene que pararse detrás de cada versículo y otro miembro de la comunidad lo traduce al arameo. Esta traducción es a veces literal, pero otras mu­chas veces es una paráfrasis para relacionar el texto con otros pasajes bíblicos o introducir toda una interpretación teológica: esto el tárgum. Todos los judíos varones de más de doce años pueden leer la Torah. Sin duda hay cierta libertad para escoger el pasaje que hay que leer, pero cuando se acercan las fiestas se buscan los textos que hablan de aquella solemnidad. La lista de trozos para cada sábado no se fijará hasta mucho más tarde.
A continuación viene la lectura de un pasaje de los profetas, según los mismos principios pero con mayor posi­bilidad de elección. Es frecuente que el texto profético se escoja en función de la lectura de la Torah, pero la codifica­ción fue todavía más lenta en establecerse. Antes o después de esta lectura tiene lugar la predicación, que puede hacer cualquier judío adulto. Consiste de ordinario en una paráfra­sis explicativa del texto bíblico, con una buena dosis de citas hechas fuera de todo contexto y de toda consideración de orden histórico. Estos comentarios son a la vez una exalta­ción y una glorificación del altísimo, una formación teoló­gica dada a todo el pueblo y una invitación a vivir según la ley. Con esto termina el oficio.
Como esta acción litúrgica n o lleva consigo ningún ele­mento sacrificial, el sacerdote no ocupa en ella ningún lugar determinado, a no ser mediante una bendición que tiene lugar al final dala primera parte y que normalmente sala reservaba a él. Si no hay presente ningún sacerdote, lo sustituye el presidente de la reunión.
Cualquier judío puede leer y hacer el comentario…, pero no todos lo hacen. El pequeño artesano o el campesino que ha estado trabajando duro toda la semana carece muchas veces de la competencia necesaria para hablar y se siente feliz de ceder su sitio a alguna persona más competente (un escriba) o a alguien que esté de paso: quizás ese forastero tenga una explicación mejor o una presentación diferente. Pero prácticamente son los escribas y los fariseos los que
Hay en Israel tres fiestas que tienen un papel muy im­portante; son momentos en que el pueblo se reúne para manifestarla solidaridad de sus miembros y para celebrar las grandes intervenciones del Señor, el liberador de su pueblo: son las tres fiestas de peregrinación, pascua, pente­costés y tiendas (o tabernáculos). Tres veces al año irán todos los varones en peregrinación al lugar que el Señor se elija: por la fiesta de los ácimos, por la fiesta de las semanas y por la fiesta datas chozas (o tiendas)» (Dt 16, 16). Parece ser que estas fiestas fueron inicialmente celebraciones rela­cionadas con el ritmo de la naturaleza: en primavera, los nómadas ofrecen a los dioses los corderos primogénitos (pascua) y los campesinos sedentarios las primicias de la cosecha de cebada (fiesta de los ácimos); la fiesta de las semanas se sitúa en el verano, al terminar la recolección de trigo, y la de las tiendas en otoño, al acabar de recogerlos frutos. Con el correr de los años, estas fiestas fueron “histo­ricizadas”, esto es, fueron puestas en relación con un acontecimiento histórico, como veremos con cada una de ellas.
En el siglo I, cada una de estas tres fiestas duraba una semana entera, sin contar los días de viaje que duraba a veces cuatro días de ida y cuatro de vuelta para los que animan esas reuniones de oración. Estolas permite propa­gar sus ideas y acrecentar su influencia en el pueblo. Sin la sinagoga, no habrían tenido nunca el prestigio y la impor­tancia que tenían.
Para celebrarla oración en común se necesita que haya por lo menos diez hombres adultos libres; si no, no se celebra. Esta prescripción le ha valido a veces a un esclavo judío la liberación anticipada: era necesario alcanzar el nú­mero mínimo que estaba prescrito.

LOS EDIFICIOS

La sinagoga es generalmente un edificio rectangular orientado hacia el templo. Lo esencial del mobiliario se compone de un armario en el que se guardan cuidadosa­mente los rollos dala Torah y dalos profetas. Algunas tienen bancos de piedra a lo largo de las paredes; ordinariamente sin embargo se sentaban en el suelo o permanecían de pie. Mt 23,6 alude a algunos asientos reservados para los perso­najes más notables, pero no hay testimonios de ello en ningún otro documento. Las mujeres y los niños están se­parados de los hombres, a veces por una simple barrera de madera; otras veces se construye una tribuna para las mu­jeres. Las sinagogas de los siglos II y III de nuestra era tienen las paredes ricamente adornadas y el suelo está hecho de mosaicos, pero no sabemos si serían así también las del siglo I.
Este edificio se aprovechaba todo lo posible, y no sólo para los oficios del sábado; se convirtió pronto en lugar de educación para los niños y jóvenes; en muchas aldeas se tenía allí la escuela; en los centros más importantes se construían salas de clase alrededor de la habitación central. En Jerusalén se han encontrado las ruinas de la sinagoga de los alejandrinos, que servía para acoger a los peregrinos que venían de baños. Por eso la sinagoga podía tener dimensio­nes muy variables. Pero siempre fue “la casa de la ense­ñanza”.
¿A quién pertenecía aquel edificio? Habitualmente, por lo visto, a la comunidad local; todos participaban en su cons­trucción y en su mantenimiento. Pero a veces era también propiedad de un individuo o la construía una persona parti­cular, para entregársela luego a la comunidad. Esto explica en parte las diferencias de amplitud y de ornamentación de las mismas.
Los que vivían en la alta Galilea viajaban a pie, en caravana, for­mando grupo los peregrinos de una o varias aldeas: así era más fácil evitarlas malas sorpresas de los bandidos.
Sería utópico pensar que todos los judíos hacían efecti­vamente las tres peregrinaciones. Desde luego, no las ha­cían los dala diáspora; en cuanto a los campesinos galileos, es poco probable que las hicieran todas, teniendo en cuenta los gastos de tiempo y de dinero y que al menos los ácimos y las tiendas calan en pleno período de recolección, que era más tardía en Galilea que en Judea. Por eso la fiesta más frecuentada era la pascua.

LA FIESTA DE PASCUA

Con esta fiesta agraria iba unido el recuerdo de la liberación de Egipto. Luego, en el curso dalas edades, se celebró con esta ocasión el “aniversario” de los grandes aconteci­mientos fundadores y liberadores de Israel: la creación del mundo, la realización de la promesa de descendencia a Abrahám, la liberación de Egipto y la (futura) liberación mesiánica (véase el »poema de las cuatro noches», sacado del tárgum del Éxodo y citado en Los salmos y Jesús (Cuadernos bíblicos, 25, 10).
Durante la pascua, se reunían 180.000 peregrinos en una ciudad que contaba según algunos 25.000 habitantes y pro­bablemente de 45.000 a 50.000.’ Como no todos estos pere­grinos podían alojarse en la ciudad santa, se ensanchaban sus límites en esta circunstancia y se englobaban en ellos las aldeas de los alrededores.
En la tarde del 14 de Nisán, los cabezas de familia (familia en sentido estricto ‑o grupo de 10 a 15 personas, incluidos mujeres y niños) venían al templo con un cordero para inmolarlo. Como n o habla sitio suficiente en el patio de los israelitas para acoger a todo el inundo, se organizaban tres «servicios»: se ponían en fila ante los sacerdotes que tenlas la misión de recoger la sangre de los animales para llevarla a su casa, desollaban al animal y lo asaban. Entre­tanto, la esposa quitaba de la, casa todo cuanto pudiera parecerse a pan fermentado (o sea, hecho con levadura) y preparaba una especie de galletas sin levadura y unas «hier­bas amargas» (ensaladas distintas). Comenzaba entonces el banquete de la fiesta. El día del éxodo habían cenado aprisa (Ex 12, 11), pero ahora cenaban echados en divanes según la moda romana. En aquel banquete era de rigor beber vino; si alguno era demasiado pobre para comprarlo, el templo le daba con qué llenar las cuatro copas reglamentarias. Entre­tanto, la familia cantaba los salmos del Hallel (Sal 113‑118), acompañados por las bendiciones recitadas por el padre de familia o quien ocupaba su lugar sobre las copas de vino.
Los niños, sorprendidos ‑o fingiendo sorpresa‑ por este banquete extraordinario celebrado siendo ya de noche ce­rrada, preguntaban: «¿A qué se debe todo esto? ¿En qué se diferencia esta noche de las demás?». Entonces el padre explicaba el sentido de los diversos ritos y hablaba sobre todo de las intervenciones de Dios en favor de su pueblo.
No tenemos datos sobre los actos que se celebraban en la semana siguiente: eran días de regocijo ante el Señor, durante los cuales todo el mundo se esforzaba en consumir los productos del segundo diezmo; en el recinto del templo se celebraban reuniones de oración por el estilo de las celebraciones sinagogales, con lecturas relacionadas directamente con la fiesta y más desarrolladas que de ordinario. Muchos peregrinos se aprovechaban para ofrecer sacrificios de comunión, para oír a los famosos rabinos explicando algún pasaje de la ley o dando algún consejo jurídico. La animación era tan grande que el procurador romano, preo­cupado continuamente del orden, dejaba su residencia de Cesarea para venir a controlar de cerca la situación; desde la fortaleza Antonia (donde residía, a n o ser que se albergara en el antiguo palacio de los asmoneos) estaba en primera fila para observarlo que pasaba en los patios del templo e intervenir ante el menor tumulto. La presencia del procura­dor y de las fuerzas de policía era más necesaria durante la pascua y las demás fiestas de peregrinación por el hecho de que solían acudir también personalidades políticas o diplo­máticas a la ciudad santa: Herodes Antipas (cf. Lc 23, 7), Agripa, un oficial superior de la reina de Etiopía (cf. Hech 8, 27), la reina de Adiabene que se hizo construir una tumba en la periferia de Jerusalén… Estas reuniones populares eran igualmente favorables para los golpes de mano de los zelo­tes. Josefo nos indica que los principales signos precursores de la revuelta judía en el año 66 tuvieron lugar precisamente con ocasión de las peregrinaciones.

PENTECOSTES

Como dice su etimología griega, esta fiesta empezaba 50 días después de Pascua (cf. Dt. 26,9). El libro del Éxodo la llama fiesta de la siega (Ex 23,16) o de las semanas (34,22). Mediante una ligera variación vocálica, algunos la convir­tieron en la fiesta de los juramentos. En efecto, con su celebración se relacionó la alianza del Sinaí; parece ser que ya en el siglo I de nuestra era se había convertido en la fiesta de la renovación de la alianza (no es una casualidad que el autor de los Hechos sitúe en ese día la venida del Espíritu Santo).
En los comienzos de la era cristiana, los diversos grupos religiosos no estaban de acuerdo sobre la fecha de su celebración, dé forma que algunos como los fariseos termi­naban la fiesta en el momento en que la comenzaban los esenios o el autor del libro de los secretos de Henoc.

LAS TIENDAS

Para Josefo, es «la más santa y la mayor de las solemni­dades judías» (Antiquitates judaicae, V111, 10). Tiene también un origen rural, cómo las anteriores: celebra el final de las cosechas y tiene todas las apariencias de una fiesta de la vendimia con la alegría y el peligro de embriaguez que ello supone. «Pero el Levítico (23,43) señala una evolución y la relaciona con la historia: esta fiesta tiene que recordar que Dios hizo habitar a los hijos de Israel bajo tiendas a su salida de Egipto. La dedicación del templo de Salomón coincidió con esta fiesta (1Rey 8, 65‑66), dándole de este modo una relación especial con el santuario; lugar de la presencia y de la protección divina. Según el tárgum, las tiendas tenían que recordar a las nubes protectoras de la epopeya del desierto. Esdras (3. 4) nos dice que los repatriados celebraron esta fiesta apenas vieron restaurado el altar, incluso antes de que se pusieran los fundamentos del nuevo templo; Nehemías (8, 13‑18) describe una celebración según el ritual de Lev 23, 40‑43, con la lectura diaria de la Torah (cf. Dt 31, 10).
Esta fiesta era la más espectacular de todas; para cele­brarla, cada familia tenía que construir en los alrededores de Jerusalén una choza de ramaje en donde vivir durante una semana. Algunos ritos eran muy populares, como la proce­sión de los sacerdotes todas las mañanas hasta Siloé, acompañados de todo el pueblo con palmas (los lulay), al sonido del shofar (un cuerno largo de carnero que servía de coro), la libación del agua sobre el altar (cf. Jn 7,37), quizás para pedirla vuelta de las lluvias, la procesión alrededor del altar y la iluminación de los cuatro grandes candelabros de oro en el patio de las mujeres (cf. Jn 8, 12) que iluminaban a toda la ciudad.

OTRAS FIESTAS

Al lado de estas tres grandes fiestas de peregrinación había otras como el Yom Klppur o día de las expiaciones (célebre luego por la «guerra del Kippur» en 1973). Se celebraba unos días antes de la fiesta de las tiendas. No era un día de regocijo, sino más bien de tristeza y de ayuno; se le pedía a Dios que borrase todas las faltas de su pueblo; durante 24 horas se abstenían de todo alimento, y se reunían en el templo donde el sumo sacerdote realizaba solemne­mente el rito de la expiación por sus pecados y por los de todo el pueblo. Era el único día del año en que el sumo sacerdote tenía que presidir la liturgia (excepto si era im­puro, pero para evitarlo lo tenían encerrado toda la semana anterior), el único día en que penetraba en el Santo de los santos para depositar allí un incensario y derramar sobre la piedra que había servido antiguamente de soporte al arca de la alianza la sangre del carnero ofrecido en holocausto por los pecados ocultos de todo el pueblo y los suyos propios; el día finalmente en que se conducía solemnemente al desierto al macho cabrío Azazel, portador de todos los pecados de Israel. Los ritos, ya descritos en Lev 16, están abundante­mente comentados y amplificados en la literatura antigua. Señalemos que la teología de la carta a los hebreos está construida sobre este rito (cf. Cuadernos bíblicos, 19).
Rosh Hashana es la fiesta del año nuevo. Se celebraba diez días antes del Yom Kippur. Es una fiesta austera para preparar la celebración del perdón.
La Dedicación o Hanukhah, en diciembre, celebraba el aniversario de la purificación del templo después de la victoria de Judas Macabeo en el 164 a.C. (1Mac 4). Josefo la llama «la fiesta de las luminarias» (cf. J n 10, 22).
Los Purim o las suertes conmemoran la liberación del pueblo que se narra en el libro de Ester. Se convirtió en algo equivalente a nuestro «carnaval».

El sábado

Las festividades del Señor» (Lev 23, 4) son literalmente las citas anuales que Dios tiene con su pueblo para santifi­car el tiempo. El sábado tiene esta misma función, pero con un ritmo semana.
Su origen es muy complejo. Los legisladores sacerdo­tales que lo codificaron definitivamente durante el destierro (Lev 23, 3; Ex 31, 12‑17) unieron dos instituciones, distintas en su origen, pero muy antiguas las dos: un día de fiesta semanal y un día de paro obligado (en los textos antiguos ‑Ex 23, 12; 34‑21‑ no se le llama sábado a este día de descanso). ¿Por qué este ritmo de siete días? Parece estar ligado al calendario lunar de los antiguos semitas del sur de Mesopotamia, donde el mes no dependía de las fases de la luna, sino de su posición según la constelación en que se encontraba ésta al amanecer.
El valor religioso del sábado se desarrolló en dos direc­ciones. Una insiste en el aspecto humanitario y social: el hombre, especialmente el esclavo, necesita descansar; este aspecto liberador del sábado guarda relación con la libera­ción concedida por Dios en el éxodo (Dt5, 14‑15; Ex 23,12). El sábado se relaciona además con la creación: Dios el séptimo día cesó (literalmente, hizo sábado), dejó de inter­venir (Ex 20, 11; Gén 2, 2‑3).
La práctica del sábado se fue codificando con el tiempo, tendiendo a veces a convertirse en una especie de absoluto que esclavizaba al hombre. Jesús no hizo más que devol­verle su sentido primitivo cuando declaró: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (M c 2, 27).

LA ORACION DIARIA

Por la mañana, antes de comenzar la faena, y por la tarde los hombres adultos tenían que rezar. Vueltos hacia el tem­plo de Jerusalén, recitaban una oración de bendición, luego el Shema y las primeras y últimas de las Dieciocho bendi­ciones o Shemoné Esré que ciertamente estaban ya en uso (cf. Cuadernos bíblicos 25, 56‑58).
Para el pensamiento judío, Dios sólo actuó durante seis días, el séptimo cesó en su actividad, concediendo el hombre la libertad para construir el mundo; llegará el día octavo en que Dios consume su obra. No es una casualidad el que los musulmanes celebren el día sexto (el viernes: Dios sólo lo hace todo), los judíos el séptimo (el sábado: espacio de libertad concedido al hombre para obrar) y los cristianos el octavo (domingo: Dios ha empezado ya a consumar su obra por medio de Jesús, su mesías).

LOS GRUPOS POLITICO‑RELIGIOSOS

Después de la caída de Jerusalén en el año 70 IC, el judaísmo sobrevivió gracias a los fariseos; fueron sus tradi­ciones las que estructuraron la ley judía hasta nuestros días. Por eso se tiende a veces a proyectar esta situación al período anterior al año 70, pensando que ocurría lo mismo en la época de Cristo. Los evangelios corren el peligro de reforzar esta tendencia; es verdad que hablan de los sadu­ceos, de los herodianos, de los samaritanos y señalan que uno de los discípulos, Simón, tenía el sobrenombre de ze­lote, pero los únicos adversarios serios de Jesús, en el plano doctrinal, siguen siendo los fariseos. Esta simplificación no recoge toda esa ebullición de ideas que diversificaba enton­ces al judaísmo. Josefo, por su parte, nos habla de tres «sectas» (o corrientes de ideas) para presentarnos efectiva­mente a cuatro: fariseos, saduceos, esenios y zelotes.
De hecho, resulta muy difícil definir estos grupos. En efecto, por una parte el judaísmo se acomodaba bastante bien alas divergencias más o menos importantes entre sus miembros, con tal que mantuvieran unas cuantas verdades esenciales y ciertas prácticas. Así, por ejemplo, en Jerusalén los discípulos de Jesús parece ser que fueron bien conside­rados bastante tiempo, como si siguieran formando parte del pueblo judío: conservaban la fe en el Dios único, se apoya­ban en las escrituras, seguían rezando en el templo (Hech 3, 1); formaban entonces, dentro del judaísmo, una especie de nueva tendencia que se designa en cierta ocasión como la secta de los nazarenos (Hech 24,5). Por otra parte, la doctrina de estos grupos nos es poco conocida: la de los fariseos se nos ha transmitido en textos que fueron escritos mucho más tarde; el pensamiento de los saduceos sólo nos ha llegado a través de las críticas de sus adversarios; los movimientos bautistas se desarrollaron entre las capas po­pulares que no suelen dejar literatura: sólo los esenios, a partir del descubrimiento de algunos de sus manuscritos a partir de 1947, nos ofrecen algunos documentos, pero que muchas veces son de acceso difícil.
Hablaremos aquí sobre todo de las cuatro sectas presentadas por Josefo, antes de añadir algo sobre los samari­tanos y los bautistas.

UN POCO DE HISTORIA

El origen de los cuatro primeros grupos se relaciona más o menos con la época macabea. Ya hemos presentado esta historia (cf. p. 11); recordemos sólo algunos detalles.
Del 333 al 198 a.C., los judíos viven en paz bajo el dominio de los láguidas de Egipto. En el 198, el rey seléu­cida de Antioquía. Antíoco III, se apodera de Israel y quiere helenizarlo. El mundo griego se les presentaba a algunos judíos como una iluminación: era una invitación a salir del ghetto en que estaban confinados (1Mac 1,11), a vivir de otra manera, a comerciar con el imperio griego… Pero el pueblo, temiendo que desapareciese la fe con sus costum­bres, no siguió a estos nuevos profetas. El autoritarismo de Antíoco IV, que quiso imponer la religión griega, prohi­biendo la circuncisión y las prácticas judías, provocó la sublevación de Matatías en el año 167. El año 166, uno de sus hijos, Judas llamado el Macabeo (¿el Martillo?) le suce­dió, reconquistó el templo y lo purificó en el 164 (fiesta de la dedicación). Pero la guerra continuó largo tiempo en el terreno de las armas y de la diplomacia. El año 160, Jonatán sucede a su hermano Judas y en el 143 otro hermano, Simón, toma el relevo. El 142, logra obtener la independen­cia de Israel. Asesinado en el 134, su hijo Juan Hircano toma el poder y funda la dinastía asmonea. El año 104, le sucede su hijo Aristóbulo; un año después, otro de sus hijos, Ale­jandro Janeo (103‑76), toma el título de rey. Del 76 al 67,  reina su esposa Alejandra, hasta que alcanza la mayoría su hijo Aristóbulo 11(67‑63). Las disensiones entre Aristóbulo y su hermano Hircano II fueron la causa de la intervención romana en Palestina (cf. p. 15).
Pero hemos de volver sobre un suceso fecundo en con­secuencias. En el año 152, llevaban siete años sin sumo sacerdote. Desde la época de David–Salomón, el sumo sa­cerdote era escogido de la descendencia de Sadoq (2Sam 8, 17; 1Rey 2,35). La legitimidad estaba ligada ala pertenencia a esta dinastía sadócida. Pues bien, en el 175, el sumo sacerdote Onías III había sido eliminado por Antíoco IV y había muerto asesinado en el destierro. Su hermano Jasón obtuvo el puesto mediante una buena cantidad de dinero, pero pronto fue sustituido por Menelas, un oscuro sacer­dote; luego fue elegido Alkima, descendiente de Aarón. Cuando murió en el 159, nadie lo sustituyó. Fue entonces cuando Jonatán, el jefe de la resistencia armada, logró también en el 152 que lo nombrara sumo sacerdote Alejan­dro Balas, un pretendiente al trono de Antioquía. Jonatán era de clase sacerdotal, pero no sadócida; por eso los apegados a la tradición consideraron ilegítimo su sacerdo­cio. Fue sin duda en esta ocasión cuando algunos judíos piadosos empezaron a separarse de los macabeos (Cf.: más adelante fariseos y esenios). Después de Jonatán, sus suce­sores siguieron acumulando los dos poderes civil y religioso.
Así, pues, las cuatro grandes sectas nacieron en medio de estas circunstancias tan turbulentas. Al principio, todos los judíos piadosos estaban unidos en torno a la familia de los macabeos por un motivo religioso: habían rechazado valientemente la Apostasía que les quería imponer Antíoco IV y que algunos habían aceptado, abandonando las costum­bres judías y recurriendo incluso a la cirugía para hacer desaparecerla circuncisión, signo de la pertenencia a lsrael (1Mac 1, 13‑15). Para los creyentes, ese abandono de la alianza y de su signo visible no podía menos de acarrear la maldición de Dios, esto es, toda una escalada de castigos que llevarían hasta la pérdida de la tierra santa, tal como habían anunciado los profetas y como había demostrado ya antes el destierro. Como indica bien 2Mac 6, 12‑17, al enviar el castigo inmediatamente después de las primeras aposta­sías, Dios evitó que todo el pueblo apostasiase y que fuera profanada la alianza una vez más.
Pero, lo que está claro a nivel de los principios para quienes, con. Matatías, «sienten celo por la ley y quieren mantenerla alianza» (1Mac 2, 27), no resulta tan claro en concreto: ¿exige la fidelidad a la ley un inmovilismo abso­luto? .Y si se admite cierta evolución, ¿a dónde se llegará? Aquí es donde los grupos empiezan a separarse.

LOS SADUCEOS

Su nombre parece estar relacionado con Sadoq: «los saduceos se consideran como los que tienen el sacerdocio legítimo, en la línea de Ez 40,46, que es lo que también reivindican los hijos de Sadoq de Qumran. Se les puede considerar como los descendientes del sacerdocio y de la aristocracia de la época macabea, benévolos con el hele­nismo y fieles a la dinastía asmonea. Aparecen como un grupo organizado bajo Juan Hircano (135‑104) e intervienen continuamente en la vida política del país, sobre todo por medio del sumo sacerdote y del sanedrín.
En su origen, por tanto, eran los caudillos de la resisten­cia contra los impíos, pero para asegurar la victoria de su causa tuvieron que buscar apoyos en el exterior, especialmente entre los romanos, negociando con sus directos ad­versarios, con tal de poder salvar al pueblo de la matanza. Estos contactos los abrieron ala civilización griega, que no era del todo mala y que sobretodo era la de sus amos. La historia de los asmoneos y del grupo saduceo que los sostiene muestra cómo van creciendo cada vez más en lujo y en aficiones helenísticas; esto se ve sobre todo en el comer­cio entre Grecia y Palestina, comercio importante, ya que de lo contrario no habría recibido Hircano II como signo de reconocimiento la corona de oro de Atenas, que levantó además su estatua dentro de la ciudad. Tampoco Jonatán desechó la corona de oro que le ofreció Alejandro Balas al nombrarle sumo sacerdote, convirtiéndolo de este modo en amigo fácil de manejar (1Mac 10, 65‑20).
En el plano religioso, son ellos los que tienen poder en el templo y por tanto en el culto, y en el sanedrín, hasta el año 76 a.C., fecha de la muerte de Alejandro Janeo. Al final de su vida, éste comprendió que era peligroso gobernar apoyán­dose en un solo partido y le pidió a Alejandra que dejara sitio al partido de los fariseos. Alejandra hizo entrar en el sanedrín a algunos escribas que pronto acapararon todo el poder religioso. Los saduceos ya no podrán reaccionar del todo, dado que su jefe, el sumo sacerdote, depende total­mente del poder civil (los asmoneos, luego Herodes y el procurador romano) y por eso no cuentan con simpatías entre el pueblo.
La fe saducea, porto que sabemos, se explica muy bien en este contexto: están muy apegados al Pentateuco, pero sólo a él; sospechan de los profetas y prescinden de los escritos, considerándolos como herejía que trajo todas las tradiciones nuevas, influidas por las civilizaciones circun­dantes y promovidas por los fariseos. Insisten en mostrar su fidelidad al Dios de los padres y de la alianza, fidelidad que les viene muy bien para justificar su estilo de vida. En efecto, niegan la resurrección, apoyándose en el concepto tradicio­nal de una retribución inmediata y material: ellos poseen la riqueza y el poder, porque Dios les bendice y son ellos los justos. Aceptar un juicio y una retribución después de morir sería perderla seguridad: es angustioso vivir en un mundo donde «los primeros serán los últimos».
Josefo (que es fariseo, y no los quiere), dice que «es para ellos una virtud disputar contra los maestros de la sabiduría que siguen» (Antigüedades, 18, 16): cuanto más concreta y limitada es la ley, mayores el terreno en donde no se aplica, en donde se goza de plena libertad. Encontramos una apli­cación concreta de este principio en las reglas de pureza: los saduceos creen que sólo son válidas dentro del recinto del templo. Esto tiene dos consecuencias: se está libre de ellas fuera del servicio del templo y son libres para tratar con los paganos (véase, al contrario, la actitud de los fariseos: Mc 7, 3‑4); la pureza, y por tanto la santidad, está reservada a los que están frecuentemente en el templo, o sea, a los jefes de los sacerdotes; el pueblo no está prácticamente afectado por estas reglas y se le puede pedir toda clase de cosas y de servicios, especialmente prestaciones personales.
En el siglo l de nuestra era, los saduceos representan un triste papel: desde Pompeyo, Roma les ha quitado el poder político y una parte del poder religioso (el sumo sacerdote ya no es escogido por Dios, hereditariamente, sino por el emperador y su legado); los fariseos les han despojado de lo que les quedaba de autoridad; incluso en su propio terreno, en el culto, tienen qué seguirlas propuestas de los fariseos debido a la presión del pueblo.
Sin embargo, orgullosos de su condición de nobles, parecen haber llegado hasta el final en su preocupación por el bien del pueblo tanto como por su propio provecho; Josefo nos lo demuestra interviniendo muchas veces por el pueblo ante los procuradores o contra éstos ante el empera­dor. Es verdad que tienen conciencia de que su prosperidad va ligada ala suerte del pueblo: son los primeros en querer apagar todo motín popular que pudiera acarrear represalias.
Fueron también los principales responsables de la muerte de Jesús (cf. Jn 11,49‑50).Fue sin embargo uno de ellos el que ocasionó la catástrofe del año 70, al interrumpir en el año 66 el sacrificio por el emperador. La única razón de ser que les quedaba, el templo, se hundió en el año 70, y con él también ellos se hundieron.

LOS ZELOTES

Sólo después de la insurrección judía del año 66 p.C., llama Josefo «zelotes» a los que antes había llamado «ban­didos» o «bandoleros». Reconoce sin embargo que existían ya como «secta» (ala que no nombra) o grupo organizado desde el año 6 p.C., cuando Judas el Galileo lanzó un movimiento revolucionario contra el censo organizado por Quirinio de los bienes de los judíos, con fines fiscales. Este reconocimiento tardío como «secta» señala claramente la resignación de los responsables judíos: por aquella época, sólo los violentos podían salvarlo que constituía la razón de ser de Israel.
Pero de hecho, como tendencia, este movimiento extre­mista hunde sus raíces en la historia antigua del pueblo. S u nombre zelote procede de una palabra griega que significa sentirse celoso de… Ya en la época del Éxodo, se nos habla del sacerdote Fineés celoso de Dios (Núm 25, 6‑13); este movimiento se desarrolló en la época macabea y a partir de entonces «todos los textos nos describen a unos zelotes del mismo tipo: rigoristas violentos que, como Fineés, Elías, Jehú y Matatías, ejecutan sin piedad a quienes consideran infieles a la ley de Moisés. Para los zelotes de la guerra judía, el enemigo no son ya los judíos apóstatas, sino los romanos y sus colaboradores. Asistimos sin duda a un cambio provo­cado por una nueva situación».
Tanto en el plano de las acciones concretas como en el de las motivaciones más hondas, se trata del mismo movi­miento a través de estos siglos: esas personas se muestran muy quisquillosas porta santidad del tempo y el respeto ala ley, seguros de que Dios está con ellos; en efecto, el Señor ha dado una tierra a Israel, pero en cambio n o tolera en ésa tierra santa ninguna falta, ninguna transgresión, ni por parte de. los judíos ni por parte de los infieles.
Los judíos pueden faltar a su fidelidad religiosa; en ese caso, los zelotes Intervienen, con la bendición de los sacer­dotes, para un linchamiento inmediato (podría ser un ejem­plo de ello la muerte de Esteban: Hech 6, 12s). También pueden faltar a su fidelidad política, buscando p4ctos con el ocupante, los romanos, en vez de fiarse sólo de Dios. Tam­bién entonces reaccionan los zelotes, con gran disgusto de Josefo.
Los no judíos, sobre todo los ocupantes, tienen que ser eliminados, sobre todo sise muestran duros con el país (con el censo) o si se burlan de las instituciones religiosas; un acto desvergonzado de un soldado romano y la destrucción por el fuego de un rollo de la ley por culpa de otro provoca­ron, por los años 50 p.C., varios motines que desembocaron en guerra abierta. La última provocación fue el saqueo del templo por el procurador Floro (Cf., p. 58).
De esta forma, mientras que los saduceos y sus amigos asmoneos traicionaban la causa religiosa de los macabeos aliándose con los peores enemigos de su fe, los zelotes eran los campeones de la ortodoxia y del integrismo. Era Imposi­ble el consenso entre las dos tendencias y sus divergencias se muestran tanto en el plano geográfico como en el social: los zelotes tienen su origen en Galilea, donde pueden fácil­mente buscar refugio en cuevas y escondrijos; suelen ser muy pobres. Los saduceos mandan en Judas y sobre todo en Jerusalén y son gente bien acomodada.
Religiosamente, los zelotes tienen una confianza abso­luta en Dios y en las instituciones queridas por él: el templo y la ley. Están convencidos de que con sus acciones de «limpieza de los impíos», apresuran la llegada de su reino, de su mesías; Dios es el único señor, pero él no actúa solo y tiene necesidad de los hombres; cuanto más celosos sean de él, incluso en el plano político y en el temporal, tanto mejor.

LOS FARISEOS

Los fariseos entran concretamente en la historia bajo Alejandro Janeo (103‑76); se atreven a oponerse a aquel rey‑sumo sacerdote que les reprochaba su influencia sobre el pueblo; así comenzó una guerra civil de seis años en la. que miles de judíos fueron crucificados por su propio rey. Pero los fariseos salieron victoriosos (cf. p.60) y fueron muy influyentes bajo el reinado de Alejandra.
Pero sus orígenes deben buscarse aún más lejos; se les relaciona con el grupo de los hassidim y con el sacerdote Esdras. Los hassidim eran los judíos piadosos (tal es el significado de la palabra hebrea) que, durante la restaura­ción nacional llevada a cabo por Esdras, creían que no bastaba con reconstruir el templo, las murallas y la ciudad de Jerusalén, sino que había que construir además una vida espiritual capaz de animar aquellas piedras, basada en el estudio de la ley para conocer la voluntad de Dios y en la oración. Estos hassidim fueron los que recogieron, quizás los que crearon, numerosos salmos.
Cuando la crisis macabea, estos piadosos parece que no estaban unánimes entre sí; al principio se pusieron al lado de Matatías, pero ya en tiempos de Judas Macabeo algunos dejaron el movimiento, pues a sus ojos la lucha de Judas tenía un carácter más político que religioso.
Vemos que se dibujan entonces las diferencias entre las tres grandes corrientes judías: Los saduceos siguen una actividad política de compromiso‑con el vencedor, para recuperar todo cuanto puedan los zelotes rechazan todo compromiso y luchan activamente por expulsar al ocupante; los fariseos, cercanos ideológicamente a estos últimos, rehúsan el compromiso político activo y creen que el pueblo y el país alcanzarán su salvación con su piedad y el estudio serio de la ley. Así, por ejemplo, aceptan al sumo sacerdote Alkima, a pesar de su formación helenista, porque con él pueden reanudarse los sacrificios rituales en el templo y de esta forma se honra de nuevo a Dios.
Esta actitud de respeto ante el sumo sacerdote, sea el que sea, ligada a una desconfianza frente al poder político, continuará siendo característica de los fariseos. Cuando llegó Pompeyo a oriente, le pidieron el 63 a.C. que arbitrase entre Hircano II y, Aristóbulo II, el pueblo «pidió que no le dieran un rey, pues su tradición era obedecer a los sacerdotes del Dios a quien honraban; que esos hombres (Hir­cano y Alistóbulo), descendientes de los sacerdotes, habían querido inducir al pueblo a cambiar de gobierno para redu­cirlo a la esclavitud» (Antigüedades judías, 14, 4). Esta dele­gación del pueblo era de hecho la de los fariseos. Más tarde, Herodes el Grande no consiguió que prestasen juramento de alianza con él.
Los fariseos, hombres piadosos, conocían bien la ley, se esforzaban ante todo en vivirla ellos mismos y consideraban como obligación suya difundirla a su alrededor, tal como lo hacían sobretodo en la sinagoga. Es una pena que se les haya caricaturizado como hipócritas; no hemos de tomar al pie de la letra a Mt 23: es un texto polémico que sin duda firmarían muchos fariseos, conscientes ellos mismos de su imperfección.
Su recelo del poder y su preocupación por la educación de las masas les dieron a los fariseos una influencia enorme entre el pueblo, hasta el punto de que los jefes tenían que seguir siempre sus consejos; el sumo sacerdote tenía que someterse a su decisión, incluso en un acto tan estricta­mente religioso como el acceso al Santo de los santos el día del Kippur. Herodes el Grande parece ser que tuvo más consideración con ellos que con los saduceos: cuando subió al trono, liquidó a muchos de sus adversarios, pero se contentó con imponer una multa a los fariseos que le nega­ban el juramento. En el siglo I de nuestra era, si los procuradores parecen ser más bien pro‑saduceos, los fariseos encuentran seriamente apoyo en los reyes Agripa; dada su influencia en el sanedrín, fueron verdaderamente los defen­sores del pueblo y se presentan como el primer partido tanto político como religioso.
Salidos del pueblo, los fariseos quieren estar separados de él (ése es realmente el sentido de su nombre); les parece demasiado ignorante de la ley y sobre todo impuro, ya que no respeta suficientemente la ley de santidad, expresión misma de la voluntad de Dios. De esta ley de Moisés sólo una parte se puso por escrito; el resto fue transmitido oralmente por Moisés a los profetas y luego a los sabios o escribas (rabinos) gracias a una enseñanza esotérica que, en el siglo I, se fue haciendo cada vez más importante (cf. Cuadernos bíblicos 12). Esta ley oral tiene tanto o más valor que la escrita. Y en la medida en que se respeta a esta ley, oral y escrita, se adquieren los méritos necesarios para la salvación y para la venida del mesías que establecerá final­mente el reino de Dios, echando al mismo tiempo a los romanos y a todos los demás ocupantes.
El fariseísmo era el único movimiento suficientemente religioso para resistir a la catástrofe del año 70; en Yamnia, en la costa del Mediterráneo, será él el que haga renacer el judaísmo (cf. p. 61).

LOS ESENIOS

Su conocimiento se debe en gran parte al descubri­miento de los «manuscritos del mar Muerto a partir de 1947. Pero antes de que conociéramos su biblioteca, los conocían ya Josefo, Filón de Alejandría y Plinio el Viejo.
Su historia y sobre todo su origen no están aún total­mente en claro. Parece ser que durante la persecución macabea algunos descendientes de la familia de Sadoq, los hijos de Sadoq», se refugiaron en el desierto; después de una crisis en el interior del grupo, los más tibios volvieron a su casa y los fervorosos se fueron a Qumrán, donde se encontraron con los primeros desterrados de la persecu­ción. Esta fusión de laicos desterrados y de sacerdotes sadócidas explicaría su organización, muy jerarquizada, que sitúa a los sacerdotes, hijos de Sadoq, en un lugar insusti­tuible en todos los grados.
Tampoco son claros algunos puntos importantes de su vida; durante mucho tiempo se creyó que no se casaban, pero se ha encontrado allí un tratado del matrimonio y se han excavado tumbas de mujeres… ¿Vivían todos en Qum­rán, o en otras comunidades cerradas, o también «en el mundo»?
Lo cierto es que eran más escrupulosos todavía que los fariseos en su apego alas reglas de pureza y absolutamente tradicionales en varios puntos: rechazaban el calendario seléucida y seguían el antiguo (esto explica que no celebra­ran la pascua en la misma fecha que el judaísmo oficial). Para ser puros, se bañaban varias veces al día y sobre todo renunciaban a ir al templo, demasiado manchado a sus ojos desde que se cambió el calendario y los sumos sacerdotes dejaron de ser sadócidas. Preferían sustituirlos holocaustos por la santidad de su vida, aguardando a que Dios quisiera restablecer el culto y el templo en su pureza original.
Se consideraban como el ejército sagrado de Dios, que había de combatir en la tierra y aniquilar a todos los impíos, en el momento en que Dios diera la señal; en aquel mo­mento, los ángeles del cielo combatirán también contra los demonios en un combate escatológico que asegurará la victoria final de Dios, la destrucción de todos los impíos y el triunfo de los santos. Quieren estar siempre ritualmente dispuestos para esta guerra santa, pero a diferencia de los zelotes no quieren comprometerse mientras Dios no dé la señal.
Estos esenios son, como indican Josefo y Plinio, un grupo muy cerrado, pero seductor para los judíos que quie­ren entregarse por completo a Dios. ¿Qué impacto político tuvieron sobre la sociedad judía del siglo I? Lo ignoramos totalmente, excepto el hecho de que en la guerra del 66‑70 están con los zelotes (¿habría llegado el «signo» de Dios?). Desaparecieron en la tormenta.

LOS HERODIANOS

Si los evangelios no hablan de los esenios, citan a veces a los herodianos (vgr. Mc 3,6), desconocidos por otra parte. Es cierto que Herodes el Grande, luego Antipas en Galilea y los dos Agripa no pudieron reinar sin tener un grupo de partidarios y de amigos que vivían probablemente como sus príncipes, al estilo judío en Palestina y como romanos fuera de ella, en la corte y en su vida privada. Seguramente se mostraban muy atentos a todo cuanto pudiera serlo pare­cer) un movimiento mesiánico, capaz de comprometer su poder.

LOS MOVIMIENTOS BAUTISTAS

En el siglo I de nuestra era se supone en Palestina la existencia de movimientos de «despertar religioso». Como se desarrollaron entre el pueblo sencillo, no han dejado huellas en la literatura. Parece ser que se caracterizaron por el deseo de proponer a todos ‑y no sólo a algunos‑ la salvación, incluso a los pecadores y a los paganos (cf. Lc 3, 7‑14).El bautismo, inmersión en el agua, hecho una vez para siempre (lo cual le distingue de los ritos de purificación de otras sectas) era un rito realizado con vistas al perdón de los pecados.
Se conocen sobretodo dos grupos bautistas: el que se agrupa entorno a Juan denominado el bautista y que duró bastante tiempo (cf. Hech 18, 25; 19, 1‑5), hasta el punto de que los cristianos se sintieron obligados a polemizar contra él; y el grupo que nació en torno a Jesús, que había sido bautizado a su vez (Jn 3, 22; 4, 1‑2). Este último grupo quedará evidentemente transfigurado por completo por la persona de Jesús. Al lado de estos dos grupos organizados, se debieron multiplicar entre el pueblo las prácticas bautis­tas. Todavía en nuestros días los mandeanos conservan la supervivencia de esos grupos.
Este movimiento se caracterizaba también por la repulsa del templo y de los sacrificios sangrientos. ¿ En qué medida participó Jesús de estas ideas?.

LOS SAMARITANOS

Aunque no pertenecen propiamente hablando al judaísmo ni constituyen una secta judía, los samaritanos tie­nen que ser considerados como una comunidad caracterís­tica del ambiente palestino de aquella época.
Se les podría caracterizar a la vez por su proximidad y su oposición al judaísmo. Tanto y más todavía que los judíos, los samaritanos son los hombres de la ley, representada por los cinco libros del Pentateuco; siguen sus prescripciones con todo rigor en lo que atañe, por ejemplo, a la circunci­sión, al sábado y a las fiestas. Su liturgia y su literatura religiosa celebran al Dios único, a su intérprete Moisés, la liberación de Egipto, la revelación del Sinaí. Pero, por otra parte, se manifiesta una divergencia fundamental con los judíos en el hecho de que rechazan los demás libros del A.T. y sobre todo en su negativa a reconocer a Jerusalén como metrópoli religiosa y al templo de Salomó n como santuario central.
Para ellos, el verdadero santuario de la tierra santa y el único lugar de culto legítimo es el monte Garizín, que se eleva sobre la ciudad de Siquén. En la cumbre de esta montaña es donde celebran las grandes fiestas, especialmente la pascua según el ritual de Ex 12. El Garizín, lugar de la bendición según Dt 11,29 y 27, 12, se menciona además en un segundo mandamiento que figura en la versión sama­ritana del decálogo. Se trata de una de las raras variantes del Pentateuco samaritano en relación con el texto recibido.
Hay también un mesianismo entre los samaritanos, que esperan al Taheb, el que ha de venir. No se trata de un descendiente de David, como el mesías judío, sino de una especie de nuevo Moisés, el profeta de Dt 18,15, que vendrá a ponerlo todo en orden al final de los tiempos.
Es difícil señalar con certeza la historia de los orígenes de esta comunidad. Según el relato de 2Rey 17, después de la caída del reino del norte y de la toma de Samaría el 721, los asirios deportaron a uña parte de los habitantes y esta­blecieron en aquellas tierras colonos mesopotámicos. Estos habrían fundado, con ayuda de un sacerdote local, un culto sincretista. Aunque la tradición samaritana sitúa la ruptura todavía antes, cuando Siquén fue abandonada por Silo, hoy se piensa más bien que es más tardía la constitución de esta «secta» samaritana. Cabe pensar también en la vuelta del destierro, en la época de Zorobabel y de Nehemías, o en el momento de la conquista de Alejandro; fue entonces, según el historiador judío Flavio Josefo, cuando los samaritanos construyeron un templo en el monte Garizín.
Las relaciones solían ser bastante tensas entre Jerusalén y Samaría, pero dentro de una estrecha comunidad de des­tino. Se siguieron manteniendo ciertos vínculos y se ejer­cieron influencias recíprocas entre judíos y samaritanos; por otra parte, éstos están en ciertos aspectos más cerca de los saduceos que de los fariseos. Pretenden serlos herederos de las tribus del norte que permanecieron fieles a la fe de Moisés. Su oposición al templo de Jerusalén pudo acercar­los a los esenios y a ciertas corrientes del cristianismo primitivos.

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