Bienvenida

‘Dijo Elokim: Haya luz y hubo luz.’ Génesis 1:3

Que la gran luz del entendimiento ilumine nuestros cerebros y purifique nuestros corazones , a fin de que en un ambiente de intelectualidad y de perfecta fraternidad , nos entreguemos a buscar los senderos de nuestra propia superación. Eusebio Baños Gómez

Página del día

LA LUZ PRESTADA - El Espía de DIOS

Menú

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Test. Antigua Tabla China de Nacimientos

Según la leyenda esta tabla estuvó enterrada en una tumba cerca de Beijing durante casi 700 años y el original está ahora en el Instituto de Ciencia de Beijing. Al cotejar el mes en el que un niño es concebido con la edad de la madre en la concepción, se puede determinar el sexo del niño. Esta tabla ha sido probada correcta en un 93% de los casos.

Mes de Concepción %
E F M A M J J A S O N D F M
E
D
A
D

E
N

L
A

C
O
N
C
E
P
C
I
O
N
18











17% 83%
19











50% 50%
20











25% 75%
21











92% 8%
22











67% 33%
23











42% 58%
24











42% 58%
25











42% 58%
26











42% 58%
27











50% 50%
28











50% 50%
29











67% 33%
30











17% 83%
31











50% 50%
32











42% 58%
33











50% 50%
34











50% 50%
35











42% 58%
36











50% 50%
37











58% 42%
38











58% 42%
39











58% 42%
40











42% 58%
41











50% 50%
42











33% 67%
43











50% 50%
44











50% 50%
45











58% 42%
F 43% 43% 50% 57% 43% 54% 36% 54% 54% 43% 54% 50%
M 57% 57% 50% 43% 57% 46% 64% 46% 46% 57% 46% 50%
Femenino
Masculino
De acuerdo con la información presentada en esta tabla, es más probable tener un niño cuando la madre concibe en julio a las edades de 18, 20, 30 y 42. Las mejores probabilidades de tener una niña se presentan cuando la madre concibe en el mes de abril a las edades de 21, 22 y 29.

Dedicado a la personita Sandra Elisabeth R.C. (Que ademas soporta mis chupetones y mis ronquidos)

viernes, 3 de diciembre de 2010

El Unicornio.


 



 Se dice que los unicornios son tan antiguos como el Tiempo. El primero de ellos, Asallam, venía en una nube que era impulsada por un torbellino blanco, y bajó hacia la tierra recién creada donde los últimos fuegos de la creación aún no se extinguían.



Se dice también que Galgallim, el primer espíritu creado por Dios obsequió a Asallam y al resto de sus descendientes, un cuerno en espiral lleno de una luz tan brillante que era capaz de iluminar el camino más oscuro y tenebroso, y lo dotó además de una belleza que ninguna otra criatura en el cielo o la tierra logró igualar.

Poco después, Asallam golpeó con su cuerno una roca de la cual emanó una fuente que apagó lo que quedaba del fuego inicial sobre la tierra y todo comenzó a ser fecundo: nacieron las flores, los campos, las montañas y los mares, poco después vinieron los primeros animales que poblaron aquél lugar; así surgió el jardín del Unicornio llamado Shamagin que significa “lugar donde hay agua”, del que sólo ahora podemos conocer a través de los libros antiguos.

Basado en:
De historia et veritate Unicornis = De la historia y la verdad del unicornio: Facsímil y traducción de un manuscrito original (1983). Barcelona, España : Urano.

ORIGEN DE LOS UNICORNIOS: 
El origen del unicornio al igual que muchas otras criaturas místicas, provienen de la mitología griega. Zeus, el famoso dios griego, de niño fue amamantado por una cabra llamada Amalthea. Se cree que esta cabra pudo haber sido un unicornio, pues tenía un cuerno en medio de su frente el cual Zeus un día quebró, y de el salió una cantidad impresionante de alimentos. Por este motivo el cuerno de los unicornios pasó a ser conocido como El Cuerno De La Abundancia y es posible verlo representado en pinturas y ornamentos de la época clásica y barroca. Zeus, en señal de agradecimiento y cariño, convirtió a la cabra en una estrella y la llamó Capella.

UNICORNIOS DE EUROPA:
En la Europa antigua se ha descrito a los unicornios como un animal pequeño, muy semejante al caballo con un cuerno en su frente, patas de antílope, cola de león y barba de chivo. Esta representación de los Unicornios ya había sido representada en las artes desde tiempos previos a los medievales y en culturas tanto europeas como asiáticas. En 400 AC, un físico griego llamado Ctesias describiá a los unicornios como asnos salvajes de la India con cuerpo blanco, cabeza púrpura y un cuerno derecho con base blanca, el medio negro y la punta roja, muy fuerte y ágil. Los Unicornios son además es mencionado por filósofos como Aristóteles, Pliny y Aelian. En El Libro De Hiob, se hace mención a una criatura llamada Re-em, nombre traducido como monoceros o unicornis y luego como unicornio. Uno de los primeros reportes existentes acerca de Unicornios en Europa es del famoso emperador Julio Cesar, quien escribió en el Bellum Gallicum (50 AC.): Se asemejaba a un ciervo pero con un solo cuerno en medio de su frente justo entre sus orejas. Este era mas largo y derecho que cualquier otro que conozcamos…

LA CAPTURA DE L UNICORNIO:
La historia de la captura del Unicornio es la historia más famosa de la Europa medieval, (representada en Los Tapices de la época). Se dice que un noble muy ambicioso se apoderó del cuerno de un unicornio por los poderes mágicos que poseía. En el siglo XV, los nobles y poderosos ofrecían hasta 40.000 monedas de oro a cualquiera capaz de capturar a un unicornio, para así cortar el codiciado cuerno. Mas los cazadores, para obtener la recompensa, usualmente entregaban el cuerno de cualquier otro animal. De acuerdo con uno de los últimos bestiarios medievales (enciclopedias de bestias y criaturas conocidas del mundo medieval), el unicornio es por naturaleza naturaleza enemigos del León. Parecen ser tradicionalmente rivales, y ninguno de ellos es mas fuerte que el otro. Son iguales en fuerza y ambos son capaces de ganar una lucha. Y dentro del reino animal, los dos son considerados reyes…

¿Unos Guardianes Del Infinito?. "Los Dragones",


La ciencia moderna los arrinconó en el folclore, y éste les recluyó en la leyenda. Lejos de esconderse entre los cuentos infantiles, sin embargo, la faceta esotérica de los dragones ha permanecido disimulada desde el inicio de la humanidad, protegiendo terribles arcanos. Su reinterpretación actual permite asociar tan fantásticas criaturas con la alquimia, los templarios y otros misterios seculares…

El ocaso del dragón en tanto un monstruo legendario se inició durante el “siglo de las luces”, cuando naturalistas del mundo entero se vieron incapaces de localizar y capturar ni tan siquiera un ejemplar. Más tarde, con el nacimiento de la paleontología en 1841, se abrigaron algunas esperanzas de hacer coincidir a tan sobrecogedora criatura con el extinto dinosaurio. Por desgracia, el objeto de esta búsqueda brillaba por su ausencia al igual que sus parientes del periodo jurásico. “Hasta aquel momento nadie acotó la palabra dinosaurio”, explicaban, entre otros, el célebre naturalista Charles Darwin. “Esperaríamos que en el pasado se emplearan términos como monstruo o dragón”. Fuesen o no la evolución final de un saurio, hacia 1910 la biología empezó a determinar su inexistencia aduciendo pruebas biométricas. 

De entrada, un pseudoreptil gigante blindado con zarpas, cola, cuernos, y que encima escupiera fuego perturbaba las teorías evolucionistas.
Asimismo, su hipotética envergadura alar no le permitiría levantar el vuelo, a menos que la extensión de dichos apéndices fuese cuatro veces superior a las dibujadas por los retratistas medievales. Por otro lado, sus grandes dimensiones también le impedirían llevar una dieta esporádica de doncellas. El metabolismo de una criatura tan descomunal le exigiría pasarse el día devorando sin cesar a cuantas víctimas asaltara.
 
Por tanto, la mención de los dragones en occidente se relegó a las fábulas infantiles o bien, por intereses políticos, a las manifestaciones folclóricas. La teoría de los arquetipos de C. G. Jung, ideas e imágenes atávicas grabadas en nuestro subconsciente, empero, añadió una nueva lectura por parte de los historiadores actuales. Desde que Aristóteles efectuara los primeros estudios en su De natura –s. IV a. de C.–, las descripciones posteriores hacían hincapié en hábitos y morfologías cada vez más caóticas. “Es importante distinguir entre serpiente y dragón”, escribía el medievalista Ignacio Malatcheverría en una obra afín: “Si éste último fuese una serpiente grande, jamás hubiera aparecido en los bestiarios. No en vano, el término proviene del sánscrito DRK –el que acecha–, un significado que en la antigua Babilonia venía asociado además con la expresión Tad Ekam, la conciencia. Más tarde, Grecia les denominó Derkhestai –la mirada–, junto a un papel muy concreto: guardián de secretos ocultos”.
 
El huerto de las Hespérides o el Vellocino de oro, por recurrir a los textos clásicos, constituían una muestra de los lugares y objetos que custodiaban de propiedades en absoluto banales. Con fuerza bruta y astucia, el campeón de turno burlaba su vigilancia apropiándose del codiciado botín, un aspecto que se radicalizó durante el dominio romano. A ellos se les debe el mote de draco –demonio–, emplazándoles además en cuevas y otros enclaves subterráneos.
 
Deformacion Medieval
Tras la caída de Roma y el advenimiento de la Iglesia, el dragón acabó criminalizado. Las descripciones bíblicas del Leviatán, y el Behemoth en el libro de Job y los salmos no dudaron en mencionar su aliento incendiario y la epidermis escamosa, sentando cátedra a la hora de generar el mito. Habida cuenta que el creacionismo impuesto desde el pujante poder eclesiástico abogaba por una naturaleza perfecta y divina, la criatura se transformó en la expresión final del maligno.
 
Esta curiosa tesitura degeneró en una doble moral. Inicialmente, el clero atemorizaba a sus creyentes narrando los horrores de la bestia, exaltando a quienes osaban enfrentarse y –con suerte– derrotarla. En esta versión de la historia, el dragón mantenía el extraño hábito de almacenar cuantiosos tesoros que pasaban a ser propiedad del vencedor. Y si además se sumaba el rescate de alguna princesita cautiva, mejor que mejor. 

Tal resultaría el expediente relacionado con el señor de Belzunce, quien en 1407 peleó contra un gran dragón en San Pedro de Irube. Tras matarlo, Carlos II de Navarra le permitió en adelante que él y sus descendientes lucieran en su escudo la figura de una hidra con tres cabezas. Incidentes similares quedaban recogidos en la biblioteca universitaria de Cambridge (Inglaterra), donde entre 1510 y 1620 se organizaron en este país al menos un centenar de cacerías.
 
Al mismo tiempo, la aristocracia parecía superar los temores en torno a este ser adoptándolo en sus divisas nobiliarias. A guisa de ejemplo, Jaime I “el conquistador” (1213-1276) acostumbraba a lucir un yelmo dotado con las alas de un dragón, bastante útiles en las campañas de Valencia y las Baleares. En el mismo orden cabría situar la Orden del Dragón Vencido, creada en 1418 para contrarrestar el avance sarraceno sobre Europa, empleando la efigie invertida de dicha criatura a fin de reflejar el triunfo sobre los herejes.
 
A título anecdótico, uno de sus mayores paladines fue el hijo del célebre príncipe rumano Vlad Tepes, alias “el empalador”. Su descendiente del mismo nombre, no menos cruel, se paseó por la historia bajo el apodo de Drácula demostrando sadismo y religiosidad con idéntico fervor. Un fervor rememorado con bestialidad similar en la conquista de Jerusalén en 1099, cuando los cruzados invocaban al dragón antes de acuchillar a los defensores.
 
Parafraseando al antropólogo Julio Caro Baroja, lucir la figura de esta entidad en escudos y pendones equivalía a impregnarse de sus presuntos poderes. El origen de esta tradición apenas admite un origen claro, aunque las pistas señalan indefectiblemente a la extinta civilización egipcia. Sin extenderse demasiado en la cuestión, conviene recordar que la palabra faraón –al-firaun– era sinónima de dragón, emparejándole con la responsabilidad de gobernar sobre los elementos.

Alquimia Llameante
La anterior mención a los constructores de pirámides, junto a las cruzadas, en absoluto resultaría una casualidad. Ambos poseen un nexo de unión con la recóndita Orden del Temple, quien por espacio de varios siglos recogió el saber oculto de aquellas latitudes. El mismo dragón entró a formar parte de una complicada simbología, según expone el investigador británico Nicholas Wilcox en su libro Los templarios y la mesa de Salomón. “Al Dragón –la efigie– se le situaba delante del baphomet”, escribe este autor, si bien admite que se ignoran los motivos reales de la anómala ubicación. Tal vez ejerciera de cancerbero de un objeto ciertamente misterioso con apariencia de cabeza humana que, se especificaba, era capaz de brindar respuestas a todo tipo de cuestiones. O, tal vez, su presencia impedía que el propio Baphomet aportara soluciones a preguntas demasiado atrevidas para la época.

En segunda instancia, los propios templarios eligieron a la criatura con vistas a encubrir secretos relacionados con el arte alquímico. El ouroboros, la serpiente que se muerde la cola, era un símbolo conocido en Egipto desde el 1700 a. de C., y que a la sazón fue adoptado posteriormente por griegos y fenicios. A simple vista, representa los ciclos de la naturaleza que van repitiéndose sin cesar, junto a las fuerzas destructivas. Y aquellas que reinstauran el equilibrio.

Examinado desde otro nivel más profundo, el círculo que conforma el ouroboros remite a la inmortalidad o, en palabras de los alquimistas, “el todo es el uno”. Un opúsculo de aquel periodo, el Codex Marcianus –s. XI–, sugiere a propósito de esta frase que la experimentación proviene de una sustancia y al final regresa a ésta cuando ha conseguido transformarse. O lo que es lo mismo, se destruye para renacer a lo largo de una rueda interminable.

De ahí viene que la muerte del dragón revierta hacia un significado muy particular, donde interviene la figura de su apropiado ejecutor. La atormentada santa Margarita, sin ir más lejos, provoca la explosión de un lagarto demoníaco que se le aparece en su celda de castigo, engulléndola inmediatamente. Al poco rato, el estómago de la bestia revienta al santiguarse en su interior la víctima recién devorada, saliendo sana y salva.

Eruditos como el enigmático Fulcanelli, ven en este episodio una metáfora de las reacciones químicas mal preparadas y peor desarrolladas, al carecer éstas del debido equilibrio. El famoso incidente entre san Jorge y otro miembro de esta fauna reptiliana posee además connotaciones mucho más explícitas. El egiptólogo Hans Goedicke llegó a sostener hace escasos años que, en realidad, se hacía alusión al dios Horus –Jor, pronunciado en egipcio–.

Sea cuál sea su procedencia, el uso de una lanza para acabar con el susodicho dragón ofrecía interpretaciones bastante dispares, plasmadas a lo largo del arte gótico y renacentista. Aunque de madera, la punta del arma acostumbraba a perfilarse de plata, metal que los alquimistas mezclaban para acelerar las reacciones. Mayor interés merecen los colores con que se dibuja a la escamada bestia, casi siempre ocres y oscuros, esto es, materia tosca y grosera.

Al clavarse la punzante lanza en la garganta de la criatura, comienza una transformación. El alquimista medieval Basilio Valentín sostenía que el caparazón externo eran las impurezas que debían refinarse. Un coetáneo suyo, Nicolás Flamel, iba más lejos al exponer en su Libro de las figuras jeroglíficas que matar al dragón equivalía a dominar ese elemento inestable. Pero los lienzos de aquel momento histórico amagaban muchas claves más.

Manifestaciones Encriptadas
En primer lugar, raramente se muestra al dragón dentro de su cubil, sino en el exterior, en campo abierto. Cueva, en latín, significa refugio pero también residencia o torre, y la criatura abandona ese lugar tan seguro –y tan lóbrego– para fallecer a plena luz del día. Junto al mismo, se colocan el caballero y la dama a rescatar, uno a cada lado del supuesto monstruo, ésta última engalanada y sin las habituales señales de haber sufrido un secuestro.

De nuevo, hay que requerir a Fulcanelli para aportar datos con los cuales entender el significado de las escenas expuestas. Los escritos que legó hablan de que la reacción deseada cabe originarse fuera del crisol.

Aparte de ese detalle, la figura de la princesa cautiva recuerda con sus colores las claves alquímicas. El blanco –mercurio– predomina junto a rojo y verde, aludiendo a otros elementos, mientras que el caballero debe protegerse –con armadura– ante el carácter violento de la reacción.

La idea de la torre, junto a los elementos masculino y femenino, se repite de forma solapada en las ediciones más modernas del Tarot. El arcano mayor 16, la torre, muestra un edificio cuya porción superior estalla en llamas y, simultáneamente, caen a tierra dos figuras. La correspondiente a la mujer se suele dibujar medio escondida tras la edificación, si bien lo sorprendente consiste en el número de pequeñas esferas dibujadas a lo largo del naipe.

Los trazos de la alquimia vuelven a relucir al estudiar el número de tales esferas, de colores blanco, azul y rojo, precipitándose desde el techo de la torre. Para los entendidos en el referido sistema de adivinación, el arcano habla de energías mal contenidas, o de tareas inacabadas. Aplicado a la simbología, cabría considerar lo que sucede si se dejan de respetar las debidas condiciones de trabajo. O sea, dejar suelto al dragón antes de tiempo.

Richard Wagner, en su Tännhauser, el héroe Sigfrido mata al monstruo y se baña en su sangre, pero una hoja cae sobre un punto de su espalda que le convierte en vulnerable, y esta debilidad le cuesta la vida cuando un rival arroja sobre él un venablo… ¡cuya punta es de plata, por supuesto! La metáfora acerca de los errores de cálculo a la hora de experimentar supondrían la lección que convendría aprender.

Ahora bien, ¿Sobre qué? El objetivo prioritario de la alquimia residiría en hallar la Gran Obra, paso final que se logra tras sintetizar la piedra filosofal. En palabras más simples, la propia inmortalidad o el poder de dominar el infinito si se prefiere, de dar crédito a los textos prohibidos. El dragón, sencillamente, impide el acceso a ese conocimiento. Y, tras vencerle, se superan los temores que anidan dentro de uno mismo, dudas y prejuicios que impiden adentrarse en conocimientos tan profundos. En ello perduraría la simbología que emana de esta criatura única…

Twitter